Quien siembra vientos recoge tempestades.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la Unión Europea y su relación con Estados Unidos y China, publicado el 13 de febrero de 2025.
Durante décadas, la Unión Europea se ha movido entre la sumisión a los intereses de Estados Unidos y la necesidad de mantener relaciones comerciales con China, sin forjar una estrategia propia ni consolidar una autonomía económica efectiva.
¡Ey, tecnófilos!
Europa ha jugado durante demasiado tiempo a la ingenuidad estratégica, creyendo que podía navegar entre gigantes sin sufrir las consecuencias de sus movimientos. Ha apostado por la dependencia tecnológica de unos pocos actores globales, ha relegado su política industrial y ha permitido la concentración de riqueza y poder en manos de un puñado de corporaciones. Ahora, los vientos que sembró están comenzando a convertirse en una tormenta de incertidumbre económica, vulnerabilidad tecnológica y tensión geopolítica.
El excomisario europeo de Economía, Paolo Gentiloni, ha puesto el dedo en la llaga: el riesgo de que surja un “poder feudal tecnológico” es real y mayúsculo. Durante décadas, la Unión Europea se ha movido entre la sumisión a los intereses de Estados Unidos y la necesidad de mantener relaciones comerciales con China, sin forjar una estrategia propia ni consolidar una autonomía económica efectiva. El resultado es una Europa que camina sobre una cuerda floja, con las manos atadas por normativas internas que frenan la inversión y con una dependencia brutal de tecnologías ajenas.
El dominio de la tecnología
La competencia global ya no es solo cuestión de comercio o inversión, sino de dominio tecnológico y digital. Mientras EE UU y China han desarrollado ecosistemas tecnológicos propios, Europa sigue atrapada en una burocracia que ralentiza su capacidad de innovación. Ahora, con la creciente incertidumbre geopolítica y la posible vuelta de políticas proteccionistas en EE UU, el viejo continente podría encontrarse en una posición de debilidad aún mayor.
Por si fuera poco, los riesgos de una nueva guerra comercial con Washington son evidentes. La historia reciente ha demostrado que Europa nunca ha estado preparada para enfrentarse a una oleada de restricciones impuestas desde el otro lado del Atlántico. Como bien apunta Gentiloni, si EE UU decide virar hacia un proteccionismo más agresivo, las relaciones transatlánticas podrían resentirse gravemente, afectando desde la estabilidad financiera hasta la seguridad energética del continente.
Y si miramos al interior, la situación no es mucho mejor. La UE sigue sin consensuar una política fiscal clara, sin una apuesta decidida por la industria tecnológica y sin una estrategia conjunta para financiar su propia defensa. Mientras tanto, los gigantes digitales han acumulado un poder sin precedentes, controlando datos, infraestructuras y, en muchos casos, incluso las reglas del juego.
¿Y ahora qué?
La única salida para Europa es asumir la realidad y tomar medidas urgentes. La dependencia tecnológica debe reducirse con inversión en infraestructura propia, el mercado digital debe ser regulado para evitar monopolios asfixiantes y la política económica debe pivotar hacia la autosuficiencia estratégica.
Europa necesita aprender que la neutralidad en tiempos de guerra comercial es un suicidio. Si no quiere ser la pieza más débil del tablero global, debe dejar de jugar a la equidistancia y apostar por la autonomía real. Eso implica inversión en innovación, una reforma fiscal seria y una política industrial que no dependa de lo que dicten Silicon Valley o Pekín.
Mi reflexión personal: más miedo a los estados que a las empresas
Voy a ser claro. A mí me preocupa menos la hegemonía de las empresas tecnológicas que la de ciertos estados y regímenes del mundo. Al menos con una empresa sé a lo que atenerme: su objetivo es ganar dinero, maximizar beneficios y ofrecer productos o servicios competitivos. Es un actor predecible dentro del juego económico.
En cambio, hay estados cuyo objetivo no es generar riqueza ni bienestar, sino perpetuar un poder basado en el control absoluto de sus ciudadanos, la manipulación informativa y, en los casos más extremos, la represión directa. A esos sí les temo. Son impredecibles, opacos y, en muchos casos, indiferentes al bienestar de su propia población o de la comunidad internacional.
Por eso, la idea de que el problema central de nuestro tiempo es el “feudalismo tecnológico” me parece una simplificación. No niego que las big tech deben ser reguladas, que no se puede permitir la concentración extrema de poder en unas pocas manos, pero prefiero lidiar con una empresa que con un régimen totalitario con ambiciones expansivas. Y ahí es donde Europa debe abrir los ojos de una vez por todas.
¡Se me tecnologizan!
