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Generación de cristal y bajas laborales

Generación de cristal y bajas laborales: cuando el problema no es la salud.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la generación de cristal y las bajas laborales, publicado el 23 de mayo de 2026.

En España, los trabajadores más jóvenes cogen más bajas laborales que los mayores. No hablamos de percepciones, hablamos de datos fríos: por cada 1.000 afiliados menores de 35 años, 41 están de baja. En el tramo de 55 a 65, son 30. 

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal ha puesto números a algo que muchos llevamos años viendo en la trinchera. En España, los trabajadores más jóvenes cogen más bajas laborales que los mayores. Bastantes más. No hablamos de percepciones, hablamos de datos fríos: por cada 1.000 afiliados menores de 35 años, 41 están de baja. En el tramo de 55 a 65, son 30. Y no, no es que los mayores estén mejor de salud. Es otra cosa.

Aquí hay un cambio cultural profundo. Y no precisamente para bien.

Cuando alguien con 60 años te dice que es la primera baja que coge en su vida laboral, no lo dice para presumir. Lo dice con naturalidad, casi con pudor. Forma parte de una mentalidad: aguantar, adaptarse, sacar el trabajo adelante aunque no sea el día perfecto. No porque el sistema fuese justo, que no lo era, sino porque no había red, ni discurso, ni aplauso social al victimismo.

Hoy el mensaje es otro. Se ha instalado la idea de que cualquier incomodidad es un ataque, cualquier presión es abuso y cualquier mal día merece una retirada estratégica en forma de baja. Legal, sí. Sostenible, no.

Y ojo, vamos a intentar aprender algo: no estoy diciendo que no existan problemas reales de salud mental. Existen. Y algunos muy serios. Pero cuando los trastornos psicológicos se duplican en los más jóvenes mientras los mayores siguen trabajando con artrosis, hipertensión y media farmacia encima, conviene hacerse preguntas incómodas. De las que no gustan en los platós.

El mercado laboral no se ha vuelto más duro que hace treinta años. Es justo al revés. Más derechos, más prevención, más protocolos, más protección. Lo que se ha debilitado es la tolerancia a la frustración. La capacidad de encajar un mal jefe, una semana complicada o un proyecto que no sale. Antes se llamaba oficio. Ahora se llama presión insoportable.

El problema no es solo cultural, es económico. Una pyme con siete empleados no puede permitirse que uno falte semanas sin una razón verdaderamente grave. No hay departamentos de recursos humanos de 40 personas ni colchones financieros infinitos. Cuando uno cae, los demás cargan. Y cuando eso se repite, el sistema se resiente. Productividad, competitividad y, al final, empleo.

Por eso no es casualidad que la brecha se diluya entre asalariados y autónomos. El autónomo sabe que si no trabaja, no cobra. Punto. No hay épica, hay realidad. Y por eso apenas hay bajas. No porque sean superhéroes, sino porque el incentivo es radicalmente distinto.

La patronal pide más control, revisiones más ágiles y menos complementos automáticos en las bajas. Y no es crueldad empresarial, es supervivencia. Un país no se sostiene si premiamos sistemáticamente la retirada frente al esfuerzo. Si el mensaje implícito es “si te incomoda, para”, lo que obtenemos es una economía frágil y una sociedad infantilizada.

Europa, y España en particular, llevan años confundiendo protección con sobreprotección. Derechos con ausencia de responsabilidad. Y así acabamos fabricando adultos que no soportan la mínima presión pero exigen todas las garantías. Eso no es progreso, es decadencia envuelta en buenas intenciones.

Trabajar no siempre es agradable. Emprender casi nunca lo es. Sacar un país adelante requiere gente que empuje incluso cuando no apetece. No mártires, no explotados, sino adultos funcionales. Y eso se educa, no se legisla.

Si seguimos mirando hacia otro lado, el coste no será solo económico. Será cultural. Y ese es mucho más difícil de revertir.

¡Se me tecnologizan!

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