Todos somos egoístas, el que diga lo contrario, miente.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre por qué los seres humanos somos egoístas por naturaleza, publicado el 10 de septiembre de 2025.
El egoísmo negativo es el del empresario que arruina a sus socios por ambición, el del político que utiliza el poder para enriquecerse, el del directivo que sacrifica a su equipo para lucirse él en el informe anual.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Decir que “yo no soy egoísta” es como decir que no necesito respirar. Todos tenemos egoísmo en algún grado, grabado a fuego en nuestra genética. La clave no está en negarlo, sino en distinguir de qué tipo hablamos. Porque sí: hay un egoísmo destructivo, pero también hay un egoísmo positivo, funcional, que ha sido motor de progreso para la humanidad.
El egoísmo negativo es el que conocemos de sobra: el del empresario que arruina a sus socios por ambición, el del político que utiliza el poder para enriquecerse, el del directivo que sacrifica a su equipo para lucirse él en el informe anual. Ese egoísmo no crea, destruye. No multiplica, resta. Es el egoísmo de quien antepone su interés inmediato a cualquier otro valor. Ejemplos sobran: dictadores que devastaron países enteros por su gloria personal o empresarios que acabaron en los tribunales tras arrasar con el patrimonio de miles de familias.
Pero hay otro egoísmo, mucho más interesante: el egoísmo positivo. Ese que nace de la búsqueda personal de sentido, reconocimiento o satisfacción, pero que al mismo tiempo genera un impacto colectivo. Teresa de Calcuta dedicó su vida a los desheredados de Calcuta. ¿Lo hizo solo por ellos? Sí, pero también por ella: porque le daba sentido a su existencia. Gandhi resistió imperios y cárceles. ¿Lo hacía únicamente por la India? También, pero en el fondo porque no podía concebir su vida sin ese propósito que lo definía. Incluso Santa Teresa, en su mística radical, encontraba satisfacción personal en su entrega. ¿Egoísmo? Sí, en el sentido de que se sentían plenos, pero un egoísmo que arrastró a millones hacia la esperanza.
Podemos ir más atrás. Prometeo robando el fuego a los dioses en la mitología griega: un acto de rebeldía egoísta, pero que permitió a los hombres avanzar. O pensemos en científicos como Marie Curie o Edison: su afán personal por descubrir, por ser pioneros, por inscribir su nombre en la historia, fue también un egoísmo. Pero gracias a ese egoísmo hoy disfrutamos de avances que han salvado y transformado vidas.
Lo que Frankl nos enseñó en El hombre en busca de sentido conecta aquí con fuerza: el ser humano necesita un propósito. Y perseguir ese propósito tiene una dosis inevitable de egoísmo, porque lo buscas para ti, para tu sentido vital. Pero si ese propósito al mismo tiempo beneficia a los demás, lo que nace como egoísmo termina siendo solidaridad, progreso, legado.
En el mundo de la empresa ocurre igual. El autónomo que lucha por levantar su negocio lo hace, claro, por su supervivencia. Pero en el camino crea empleo, paga impuestos, mueve economía. Es egoísmo positivo, funcional, necesario. Distinto es el que monta un proyecto solo para el pelotazo rápido, engañando a clientes y socios. Ahí hablamos del egoísmo corrosivo que arruina confianza y tejido social.
En definitiva, todos somos egoístas. Pero no todos somos del mismo modo. Está el egoísmo pequeño, miserable, que destruye. Y está el egoísmo grande, trascendente, que convierte la búsqueda personal en bien común. Negarlo es absurdo. Lo inteligente es reconocerlo, canalizarlo y elegir de qué lado queremos estar.
Porque, al final, la diferencia no está en tener o no egoísmo. La diferencia está en qué hacemos con él.
¡Se me tecnologizan!
