Empresas
Estado y sector privado

Menos Estado y más sector privado.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el estado y el sector privado, publicado el 27 de septiembre de 2025.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

1. El aprendizaje de un cliente exigente

Hace más de tres décadas que trabajo para una multinacional de referencia mundial. Ese nombre, que muchos reconocerían si lo pronunciara, para mí representa algo mucho más que un contrato: representa una forma de entender la relación entre las partes.

Desde el primer día, la norma fue clara: “Yo te pago, tú me das resultados”. No me pide lealtades ciegas ni promesas huecas; me pide lo único que tiene valor en el mundo real: eficacia. Y me da a cambio lo que el Estado rara vez ofrece: respeto.

  • Me paga puntualmente.
  • Me aprieta en el precio, pero no me ahoga.
  • Me exige calidad y me enseña a mejorar.
  • Me da prestigio en el mercado.
  • Me permite diversificar y no depender solo de él.

Y lo más importante: me trata como lo que soy, un empresario, no un súbdito. Cuando me llama a capítulo, no quiere escuchar excusas ni relatos victimistas. Quiere hechos. Y los hechos mandan.

Conozco personalmente al dueño de esa multinacional. Tengo anécdotas con él que ya he contado en muchas ocasiones. Siempre tiene una frase que te espeta y que te obliga a reflexionar. Muchas veces, en el momento, no entiendo bien lo que me quiere decir, pero días o semanas más tarde, cuando los acontecimientos se desarrollan, me doy cuenta de que llevaba razón.

Ese empresario va muchos pasos por delante de los demás, tanto en espacio como en tiempo. Es un escuchador profesional: dedica más del 80 % de su tiempo a escuchar, pero —ay— cuando abre la boca, prepárate a recibir sentido común en vena. Sus palabras no solo tienen determinación, tienen la capacidad de adelantarse a lo que va a pasar. De él aprendo más de economía real que de cualquier manual académico escrito desde un despacho universitario.

Pero no es solo el dueño. La cultura de esta multinacional es en sí misma un ejemplo de liberalismo práctico. Apostaron siempre por la tecnología. Cada poco tiempo viven una revolución tecnológica interna, un cambio radical en procesos, sistemas o herramientas que les permite saltar varias casillas por delante de la competencia. No esperan a que el mercado les obligue: se obligan ellos mismos.

Tienen la humildad de escuchar a todo el que venga con alguna innovación, sea una start-up de tres personas o una consultora global. Subcontratan externamente muchos trabajos internos, especialmente en el área de innovación, porque entienden que el talento no tiene fronteras ni organigramas.

Llevan grabado a fuego el principio de hacer más con menos, que no es otra cosa que la verdadera competitividad. Y si hay un mandamiento que todos cumplen, es la discreción: dentro de la multinacional, la discreción es religión. Nada de postureo, nada de egos públicos. Se trabaja en silencio y se compite con hechos, no con discursos.

Si algunos estatistas que claman por más Estado vieran cómo se organiza esta empresa, entenderían de inmediato que ahí está el secreto del éxito: libertad, exigencia, innovación, competitividad y discreción. Exactamente lo contrario de lo que suele representar la Administración pública.

2. Estado: el cliente que nunca cumple

La comparación es inevitable. Mientras mi cliente privado paga al día y me exige con rigor, el Estado se comporta como ese cliente moroso que nunca llega a fin de mes, pero que aun así pretende dar lecciones de gestión.

El sector privado:

  • Paga por resultados.
  • Exige calidad.
  • Respeta los tiempos.
  • Fomenta la competitividad.

El Estado:

  • Recauda antes de que produzcas.
  • Retrasa pagos cuando eres proveedor.
  • Entorpece con papeleo.
  • Protege a los mediocres.

Un ejemplo sangrante: el absentismo laboral. En España es desorbitado en ambos sectores, pero en el público alcanza cifras de escándalo, casi un 50 % superiores al privado. ¿Cómo puede un país prosperar cuando la mitad de su administración está más preocupada por justificar bajas que por producir resultados?

Es cierto que en la empresa privada existe algo de corrupción. Pero en el sector público —especialmente en su cúpula dirigente— la corrupción es el pan nuestro de cada día. Lo vemos una y otra vez: escándalos, comisiones, colocaciones, puertas giratorias. Y luego se atreven a señalar al empresario que arriesga su propio patrimonio.

Y para colmo, lo adornan con una corte de chiringuitos políticos que funcionan como agencias de colocación encubiertas. Ministerios duplicados, consejerías irrelevantes, asesores a dedo, fundaciones públicas que no producen más que informes inútiles y “observatorios” que observan nada. En España hemos hecho del gasto inútil un arte, y del enchufismo, una ciencia.

La multinacional me obliga a mejorar cada día; el Estado me obliga a justificar cada papel. Mi cliente me da prestigio en el mercado; el Estado me hunde en la burocracia. El sector privado premia la innovación; el Estado premia la sumisión.

Como dijo Milton Friedman: “Si pones al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habrá escasez de arena”. No se puede expresar mejor la ineficacia del Estado como gestor.

3. El modelo que debería copiar el Estado

No pido un Estado mínimo por capricho. Lo pido porque he comprobado que el único modelo sostenible es aquel en el que el Estado actúa como un cliente de élite: paga bien, exige resultados, fomenta la competencia y corta de raíz la mediocracia.

Pero sobre todo, el Estado debe limitarse a lo esencial: legislar y obligar a que las leyes se cumplan. No meterse en cada rincón de la economía, no entrometerse en lo que desconoce, no convertirse en empresario fracasado por defecto.

Y, por supuesto, que deje de poner palos en las ruedas al sector privado. Porque esa es la gran tragedia: el Estado no solo no ayuda, sino que entorpece. Multiplica trabas, permisos, burocracias, inspecciones absurdas. Lo que debería hacer es sencillo: legislar con claridad, vigilar con rigor, y dejar que los que saben trabajar trabajen.

Imaginemos una Administración que se comporta como mi cliente multinacional: pagando a tiempo, exigiendo calidad, fomentando la competencia y premiando la innovación. En lugar de gastar lo que no tiene y crear estructuras mastodónticas para sostener a funcionarios improductivos, se volcaría en comprar servicios de calidad a empresas que saben hacer el trabajo mejor y más barato.

Y es cierto que el Estado, al igual que un club de fútbol, no es exactamente una empresa. Pero lo es en un 90 %. Tiene ingresos (impuestos), tiene gastos, tiene empleados, tiene estructura, tiene responsabilidades, tiene que competir en un mercado global por inversión y talento. Y como cualquier club de fútbol que se gestiona mal, cuando se ficha mal, se sobrepaga y se llena de estrellas de escaparate en lugar de jugadores competitivos, acaba bajando de categoría. Eso es exactamente lo que le está pasando a Europa.

Y no olvidemos un detalle humillante: el salario del presidente del Gobierno de España y de sus ministros. Una miseria en comparación con la responsabilidad que se supone que tienen. Un insulto a la inteligencia colectiva. Si el Estado es el “consejo de administración” del país, deberían ser los directivos mejor pagados, con ingresos fijos elevados y un variable aún más potente, indexado a resultados reales: incremento del PIB, reducción de deuda, inversión en investigación y desarrollo. Así se seleccionaría talento real, no mediocridad electoral.

Friedrich Hayek ya lo advirtió: “El mayor peligro para la libertad es un gobierno con poder ilimitado de hacer lo que le parezca en nombre de lo que considera conveniente para la sociedad”. Y así estamos: un consejo de administración barato, mediocre y sin variables de rendimiento, gestionando el destino de millones de personas.

Y hay ejemplos históricos que lo confirman. Chile, con todas sus luces y sombras, demostró en los 80 que un país arruinado podía dar un giro brutal hacia la apertura de mercado y sentar las bases de un crecimiento sostenido. Irlanda, en los 90, pasó de ser “el enfermo de Europa” a convertirse en un tigre económico gracias a impuestos bajos, atracción de inversión y confianza en el sector privado. Estonia, tras sacudirse el yugo soviético, apostó por la digitalización, la simplificación del Estado y la libertad económica… y hoy es un modelo de eficiencia en la UE.

Europa debería mirarse en esos espejos, pero prefiere instalarse en la autocomplacencia, el subsidio y el control.

4. Lo poco que no privatizaría

La acusación habitual contra los liberales es que queremos privatizarlo todo. Falso. El liberalismo serio no es dogmático: reconoce que hay áreas que deben permanecer bajo control estatal.

Para mí son pocas, pero cruciales:

  • Defensa nacional: porque la soberanía no se subcontrata.
  • Justicia: porque la ley debe ser la misma para todos, no un bien de mercado.
  • Legislar y obligar al cumplimiento de las leyes, para que la competencia sea real y no un sálvese quien pueda.

El resto debe ser competencia, mercado y libertad. Sanidad, educación, energía, transporte, comunicación, investigación… todo ello puede gestionarse mejor cuando la exigencia viene del cliente y no del burócrata.

Y algo más: estoy frontalmente en contra de las subvenciones. Porque las subvenciones son opio para la mediocridad. Premian la ineficiencia, cronifican la dependencia y desincentivan el mérito. El Estado no debe regalar dinero: debe crear condiciones para que todos compitan en igualdad de reglas.

Como escribió Frédéric Bastiat: “El Estado es la gran ficción por la que todos tratan de vivir a expensas de todos los demás”. Y esa ficción nos está saliendo demasiado cara.

5. España hoy: la decadencia del gigantismo

Si miramos nuestra propia casa, España, el contraste con mi cliente multinacional y con los ejemplos de Chile, Irlanda o Estonia es demoledor. Tenemos un paro juvenil crónico que ronda el 25-30 % según las series estadísticas. Una deuda pública que ya roza el 110 % del PIB. Y una fuga de talento que expulsa a miles de jóvenes formados en nuestras universidades, que luego triunfan en el extranjero porque aquí no encuentran un ecosistema competitivo.

Mientras tanto, seguimos alimentando el monstruo burocrático, seguimos aplaudiendo las subvenciones y seguimos atrapados en el cortoplacismo electoral. Es la receta perfecta para la decadencia. Y lo más triste: no porque falte talento en España, sino porque sobra Estado y falta confianza en la sociedad civil.

Y para colmo, tenemos ministros que parecen seleccionados en un casting de serie B más que en un proceso meritocrático. Muchos de ellos no serían contratados ni como becarios en una empresa privada competitiva, y sin embargo gestionan presupuestos de miles de millones. Esa es la tragedia de España: un país con empresarios de talla mundial gobernado por amateurs de despacho y eslóganes.

Y todo esto aderezado con una burocracia absurda que raya en lo cómico. Permisos que tardan años en resolverse. Licencias duplicadas en ayuntamientos, diputaciones, autonomías y ministerios. Trámites que te piden el mismo papel firmado en tres ventanillas distintas. Normativas que cambian cada legislatura y que nadie entiende. Un país donde montar una empresa puede llevar más tiempo que hacerla quebrar.

Conclusión: una tesis liberal sin complejos

Treinta años aprendiendo de una multinacional me han dado una certeza: la prosperidad nace cuando se premian los resultados, no cuando se protegen los privilegios. Yo pago a mis trabajadores como me pagan a mí: por resultados. Nada de cuentos, nada de excusas. Y eso funciona.

El Estado debería aprender de mi cliente. Ser árbitro, no jugador. Cliente de élite, no proveedor mediocre. Legislador justo, no empresario torpe. Exigir y pagar bien, en lugar de recaudar y despilfarrar.

Los ejemplos de Chile, Irlanda o Estonia lo confirman: cuando se confía en el sector privado, se liberan las energías creativas de la sociedad y el país crece. Cuando se confía en el Estado para todo, se enquistan los problemas, se agrava la deuda y se destruye el futuro.

Lo digo sin complejos: menos Estado y más sector privado. Porque el liberalismo no es un eslogan, es una forma de vida. Es la convicción de que la libertad, la responsabilidad y la meritocracia son la única receta para que un país prospere.

Y lo cierro con esta certeza que me sale del alma: 👉 Un país que confía en su Estado muere de burocracia; un país que confía en su gente vive de libertad.

Lo demás, como suelo decir, son cantos celestiales.

El Estado es un elefante gordo y torpe, lento, ruidoso y devorador de recursos. El sector privado es un guepardo ágil y competitivo, rápido, preciso y letal cuando se trata de innovar y sobrevivir. La elección entre uno y otro modelo no es ideológica: es de pura supervivencia.

Y ahora, que nadie espere soluciones mágicas ni discursos paternalistas: el cambio depende de nosotros, de los que madrugamos, arriesgamos y seguimos levantando empresas pese a todo. Somos los autónomos, los pequeños empresarios, los que sostienen el país mientras otros viven de repartir miseria. Y si no damos la batalla cultural y económica, nadie la dará por nosotros.

Porque al final, la historia se escribe siempre con los que se atreven.

¡Se me tecnologizan!

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