O somos todos tontos o ellos son muy listos.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la necesidad de actuar frente a la política arancelaria de Trump, publicado el 6 de abril de 2025.
¡Ey, tecnófilos!
Esa fue la frase que resonó en mi cabeza mientras hojeaba la edición del domingo de La Voz de Galicia. Concretamente, tras leer el análisis que describe cómo los grandes fondos de inversión están huyendo de Estados Unidos como si fuera Chernóbil para refugiarse en el Viejo Continente. ¿Motivo? El regreso del Trumpismo, esta vez con esteroides.
La escena se repite con una regularidad cíclica: cuando hay caos, hay oportunidad. Y mientras el ciudadano medio entra en pánico con cada titular sobre “tsunami financiero”, los grandes tiburones del capital global ya han olido la sangre antes de que nadie se dé cuenta de la herida. Lo tienen claro: el miedo es el mejor aliado del que sabe moverse a contracorriente.
Políticas arancelarias de Trump
Trump se ha descolgado con una de las mayores políticas proteccionistas desde la Gran Depresión. Un movimiento que podría parecer suicida en un mundo interdependiente, pero que es perfectamente coherente con su doctrina: América primero, y el resto que se las apañe. Aranceles del 34 % a productos estratégicos, tensiones comerciales con medio planeta y una narrativa de guerra económica con China, la UE y hasta con su sombra. El resultado: desestabilización global, riesgo de recesión y una inflación que amenaza con volver por sus fueros.
Y mientras tanto… los fondos se van. No se fían. Porque saben que una economía cerrada no es una economía fuerte, sino una que se asfixia lentamente. Lo sorprendente —o no tanto— es que esa estampida inversora va a parar a Europa, ese continente viejo, cansado y burocratizado del que tanto se mofan los think tanks de Washington.
La pregunta, entonces, se impone: ¿por qué si Europa es una balsa de aceite tibia donde el crecimiento apenas da para pagar las pensiones, los fondos apuestan ahora por ella? Muy sencillo: porque el dinero es cobarde, pero también es astuto. Aquí al menos hay estabilidad institucional (más o menos), previsibilidad (relativa) y un marco jurídico que, aunque lento, es menos volátil que el aliento de Trump.
Además, no es que Europa esté especialmente brillante. Es que EE.UU., con su nuevo “America Alone”, se está volviendo una olla a presión sin termostato. El capital no quiere héroes con gorra roja, quiere certezas. Y si eso pasa por refugiarse en los valores europeos, aunque no brillen, pues se hace.
Los grandes fondos de inversión nunca pierden
Pero que no se nos escape el detalle más jugoso: en medio de este baile de cifras y titulares catastróficos, los grandes fondos no pierden un céntimo. Al contrario: aprovechan la tormenta para redistribuir, comprar barato, y luego vender cuando vuelva la calma. Es decir, hacen lo que deberían hacer nuestros gobiernos con las oportunidades tecnológicas, energéticas o demográficas… pero no hacen. Porque mientras aquí debatimos si el unicornio de género necesita una cuota en el Consejo de Administración, BlackRock ya ha comprado medio continente a precio de saldo.
Así que, Tecnófilos, llegamos al dilema moral-económico del día: ¿Somos todos tontos o ellos son muy listos? Mi hipótesis: un poco de ambas. Tontos por no aprender del pasado, por no leer entre líneas, por no mirar el tablero completo. Y ellos, listos, sí, pero también sin escrúpulos. Juegan con cartas marcadas y conocen el guión antes que el resto. Pero, ojo, no es ilegal ser listo. Es, simplemente, capitalismo.
Ahora bien, si queremos dejar de ser peones del tablero financiero, hay que dejar de jugar como amateurs. Hay que estudiar, formarse, cuestionar todo (sí, todo), exigir políticas inteligentes y premiar a quienes hacen bien las cosas, no a los que solo saben hacer ruido.
Porque si no, la próxima vez que suene la alarma de “crisis global”, no nos va a quedar ni el consuelo de decir: “nadie lo vio venir”.
¡Se me tecnologizan!
