Tecnología Transporte
Me gusta conducir

Me gusta conducir.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre su afición por los coches y por conducir, publicado el 11 de mayo de 2025.

¡Ey, tecnófilos! ¿qué está pasando por ahí?

Hay frases que uno no elige, sino que le eligen a uno. Y esta —“Me gusta conducir”— no es un eslogan de marketing para mí. Es una declaración de principios. Un anclaje emocional. Una pulsión vital.

Lo digo sin rubor y con la misma convicción con la que mi padre, taxista en A Coruña, arrancaba el coche cada noche para buscarse la vida. En casa no había Ferraris, pero sí volante. No había garaje con puertas automáticas, pero sí olor a gasoil y a humanidad. Ese olor penetrante, real, inconfundible, que impregnaba la pequeña pensión que regentaba mi madre. Ese olor a vida cruda, a maleta de cartón, a café barato y a sueño de madrugada. Todavía lo llevo tatuado en las pituitarias.

Soy hijo de un taxista gallego que emigró a Venezuela y volvió con el alma rota de nostalgia, pero con las ideas claras: compró dos pisos. En uno vivimos. En el otro, mi madre —una mujer coraje— montó una pensión. La regentaba a golpe de radio (sí, esa mítica señora llamada Elena Francis) y de sábanas planchadas que doblábamos juntos. Yo era un niño que hacía camas y bajaba tinas de ropa a un campo que era lavadero, campo de batalla con pedradas… y también mi primera pista de despegue hacia otro mundo.

José Antonio Ferreira

Curiosamente, el barrio donde me crié se llamaba el barrio de La Estación. Toda una premonición. Aquella zona humilde era un cruce de caminos, de trenes, de vidas. Y de alguna forma, también fue mi primera escuela de observación, de esfuerzo y de resistencia.

Allí conocí a los primeros héroes de carne, sudor y ruedas: maquinistas de Renfe, camioneros, representantes con maletín de cuero y cara de sueño. Aquella fauna maravillosa dejó en mí un sedimento imborrable. Sin saberlo, me estaban vacunando para amar dos cosas que marcarían mi vida: el motor y el viaje.

Y tanto me marcaron, que trabajé cinco años como taxista mientras estudiaba electrónica de comunicaciones. Cada carrera era una clase práctica de psicología urbana y cada parada, una lección sobre la vida. No lo viví como un sacrificio, sino como un privilegio. Conduje de noche, de día, con lluvia, con niebla, con nervios y con orgullo. Trabajé casi todos los días de esos cinco años, sin apenas descanso. Incluso cinco noches de fin de año, llevando y trayendo a gente que celebraba mientras yo perseguía un objetivo más grande: ahorrar hasta la última peseta para montar mi propia empresa. Quería ser dueño de mi futuro y propietario de mis sueños.

Las motos son mi debilidad. La máquina pura. El alma sin filtros. La libertad encarnada en dos ruedas. Pero también amo los coches, los camiones… hasta los autobuses. Todo lo que se mueva, todo lo que me lleve lejos, o cerca, o simplemente dentro de mí.

Y no es poesía barata. Es química. Cuando me siento a los mandos de un vehículo, sea el que sea, se activa en mí una sinfonía íntima. Un torrente de sensaciones se transforma en música. Literalmente. En mi cabeza suena un tema distinto para cada vehículo. Un instrumental emocional. Un pentagrama con ruedas. El rugido del motor, el tacto del volante, la respuesta del freno o el silencio cómplice de un eléctrico, se convierten en acordes de una melodía única. No conduzco. Compongo.

Conduzco con los cinco sentidos. Pero escribo con el sexto: la emoción.

Por eso pruebo coches y los narro. Por eso analizo consumos, tecnología, diseño y experiencia de usuario con pasión, sin concesiones, con honestidad brutal. Me han leído miles en redes. Me han seguido decenas de miles. Y cada test, cada crónica, cada reflexión tiene una sola intención: que el lector sienta lo que yo sentí.

Y quiero aprovechar este artículo para agradecer a todas las marcas que ya me han confiado sus vehículos para que los probara y compartiera mis sensaciones. Gracias por permitirme hacerlo con total libertad, sin censura, con respeto mutuo y criterio profesional. No todos lo hacen, pero los que sí, saben que soy completamente independiente. No me vendo. No me alquilo. Y si elogio, es porque lo siento. Y si critico, es porque lo creo justo. Esa es mi única gasolina: la verdad.

Por eso, si alguna marca del sector automovilístico quiere de verdad alguien que entienda al conductor, que transmita con alma, que sepa interpretar cada detalle como si fuera una nota musical en una obra de arte mecánico, aquí estoy. Llamadme. Invitadme. Dejadme contar vuestra historia con mis palabras. Dadme el volante y os devolveré una sinfonía.

Porque no quiero postureo. Quiero curvas. No quiero notas de prensa. Quiero latidos.

Y que nadie se confunda. Amo el motor. Pero defiendo la movilidad eléctrica. Porque creo, sinceramente, que la movilidad está viviendo un cambio de paradigma. Y yo no estoy aquí para resistirme, sino para entenderlo, probarlo, narrarlo… y ayudar a liderarlo. Como tecnólogo y como conductor. Como empresario y como cronista del movimiento.

He sido y soy muchas cosas: fundador de empresas tecnológicas, creador de sistemas de radiotaxi con 19 años, organizador de congresos como Tech4Fleet Congress & Expo o Top Flotas , miembro de la junta directiva de la Asociación Española del Transporte, emprendedor empedernido, tecnófilo incurable, autor de La Estirpe de los Emprendedores Pero si me preguntas quién soy cuando no hay nadie mirando, te lo digo con una sonrisa en el retrovisor:

Soy ese niño que ayudaba a su madre a hacer camas, mientras soñaba con conducir. Ese adolescente que montó su primer sistema de emergencias en un taxi para que su padre no estuviera solo. Ese adulto que todavía vibra como un chaval cuando pisa el acelerador. Y ese escritor que, cuando se sube a un coche, no lo ve como un transporte… sino como una emoción con matrícula.

Por eso lo repito, sin eslóganes ni marketing:

Me gusta conducir.

¡Se me tecnologizan!

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.