El museo de lo que pudo ser, pero no fue.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre lo que pudo ser y no es en Europa, publicado el 4 de junio de 2025.
Mientras nosotros seguimos sacando pecho por ser la cuna de la civilización moderna, el resto del planeta ya está jugando otra liga, en otro estadio y con otro reglamento. Uno en el que no se pide permiso para innovar
¡Ey, tecnófilos! ¿qué está pasando por ahí?
Europa. Occidente. España. Italia. Francia. Grecia. En definitiva, nosotros, los herederos del pensamiento crítico, del humanismo, del Renacimiento, de la Ilustración, de la democracia liberal y de la Revolución Industrial. Aquellos que parieron las universidades, los tratados filosóficos, la contabilidad de doble entrada y las constituciones modernas. ¡Qué gloriosa historia la nuestra!
Pero hay un problema: la historia no sirve de nada si solo sabes mirarla por el retrovisor.
Mientras nosotros seguimos sacando pecho por ser la cuna de la civilización moderna, el resto del planeta ya está jugando otra liga, en otro estadio y con otro reglamento. Uno en el que no se pide permiso para innovar, en el que las fábricas no tienen operarios ni interruptores de luz, y en el que los drones no se limitan a pasear 3 kilos como un repartidor de Glovo con alas, sino que transportan 30 kg a 20 km sin despeinarse, operados por dos humanos en origen y destino. Y lo venden. A diario. Como si fuera un microondas.
¿Y nosotros?
Nosotros seguimos con nuestra ópera bufa de siempre: “esto no está regulado”, “eso es competencia del ministerio tal”, “eso requiere un estudio de impacto ambiental”, “eso no está en el BOE”, “eso afecta al convenio colectivo”, “eso no tiene código CNAE”, “eso es intrusismo”, “eso no es seguro”, “eso puede crear jurisprudencia peligrosa”…
Eso, eso y eso. Y mientras tanto: nada.
Nos hemos convertido en una calamidad tecnológica con título nobiliario y batín de terciopelo. Todo lo que suene a romper el status quo se recibe con el mismo entusiasmo con el que un gato recibe una ducha fría.
Tenemos ingenieros de talla mundial, científicos brillantes, tecnólogos de primera, pensadores lúcidos, programadores que valen oro… pero un ecosistema legal que parece diseñado por Kafka tras una noche de vino malo y ansiedad existencial.
Aquí, un emprendedor tarda más en conseguir una licencia de actividad que en agotar su línea de crédito. Aquí, las startups se mueren de inanición burocrática. Aquí, la palabra “disrupción” suena a amenaza. Aquí, todo lo nuevo molesta porque no encaja en un Excel viejuno con celdas bloqueadas por “seguridad jurídica”.
Y, atención, porque el problema no es que nos estemos quedando atrás. El problema es que estamos encantados de hacerlo. Nos hemos convertido en el museo de lo que pudo ser. En la sala de espera de la Historia. En los eternos vigilantes del marco normativo, aunque el marco se haya podrido y ya no sostenga nada.
Mientras tanto, los chinos fabrican un móvil por segundo en fábricas sin empleados ni luces. Israel pone en el mercado soluciones de ciberdefensa que ni soñamos. Corea del Sur vive tres años por delante en automatización. Y nosotros, orgullosos de nuestros índices de equidad, nuestras tasas de funcionarios por kilómetro cuadrado y nuestros debates sobre si hay que regular el teletrabajo en el metaverso.
Occidente está dejando de ser líder no por falta de talento, sino por exceso de autocomplacencia. Por ese vicio tan europeo de preservar lo existente en lugar de construir lo siguiente.
Y ojo: esta decadencia no es culpa de una persona, ni de un gobierno, ni de un partido. Es culpa de una cultura institucional y social que penaliza al que se mueve, al que emprende, al que arriesga y al que cuestiona.
Por eso, Tecnófilos, mientras algunos nos resignamos a ver cómo se nos escapa el futuro entre las manos, otros lo están fabricando en serie, a oscuras, sin operarios, y sin pedirnos permiso.
Así que, o despertamos ya, o pronto seremos los curadores de nuestro propio museo.
Y el cartel de entrada dirá: “Aquí descansan los que una vez lideraron el mundo, pero prefirieron regularlo hasta la parálisis”.
¡Se me tecnologizan!
