Tecnología Transporte
Electrófobos, los negacionistas del vehículo etéctricos

Electrófobos: los negacionistas del vehículo eléctrico

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre los electrófobos, los que niegan las evidencias del vehículo eléctrico, publicado el 16 de octubre de 2026.

El vehículo eléctrico sigue despertando una resistencia alimentada por la nostalgia del motor de combustión, los prejuicios sobre las baterías y la autonomía, y la promesa interminable del hidrógeno como alternativa. Frente a quienes se aferran al pasado, la electrificación plantea un cambio tecnológico que cuestiona los modelos tradicionales de movilidad y enfrenta la innovación con el miedo a abandonar lo conocido.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

¿Qué está pasando por ahí? Pues lo de siempre: los electrófobos siguen con su cruzada medieval contra el vehículo eléctrico. Una especie de inquisición tecnológica que, como en los mejores tiempos del oscurantismo, combate la innovación con argumentos de barra de bar, nostalgia mal digerida y teorías de conspiración nivel Cuarto Milenio.

Vamos a intentar aprender algo.

Dicen que “el coche eléctrico no tiene alma”, que “le falta el rugido del motor”. Vamos a ver, ¿esto es un coche o un león del Serengeti? Ese rugido que tanto adoran algunos no es más que ruido, contaminación sonora, una sinfonía de CO2 y hollín. Lo del “alma” ya es de traca: estamos hablando de máquinas, no de personajes de Disney. La misma lógica lleva a algunos a decir que prefieren escuchar la música con un vinilo arañado en un gramófono de 1912. Muy romántico, sí. Muy absurdo también.

¡Ah! Y los apóstoles del hidrógeno, esos que te sueltan que “el futuro es el hidrógeno”, mientras repostan diésel en un SUV de dos toneladas. El hidrógeno es el comodín de los que no quieren cambiar nada: ni sus hábitos, ni su coche, ni su manera de pensar. Les das un argumento y te sueltan: “espera, que ya vendrá el hidrógeno”. Como si fuera Gandalf llegando a la batalla del Abismo de Helm. Pues no. Lo siento. El hidrógeno lleva veinte años siendo la “tecnología del futuro”, y lo seguirá siendo otros veinte más… si no espabilan.

Luego están los que se han tragado la patraña del híbrido como opción de futuro. ¡Por favor! Un coche híbrido es como si quisiéramos dejar de fumar pasando del Marlboro al cigarro electrónico pero manteniendo el puro de los domingos. Ni chicha ni limoná. Un paso intermedio que no carga ni el 10% de las veces, y cuya “etiqueta cero” es una burla a la inteligencia colectiva. En realidad, es el arte de parecer sostenible sin serlo.

Y la estrella de sus argumentos: “la autonomía no es suficiente”. ¡Como si todos los días se hicieran 1.000 kilómetros del tirón! ¿Sabes cuánta gente recorre más de 300 km al día? Menos del 2% de los conductores. El resto va de casa al trabajo, del trabajo al gimnasio (con suerte), y del gimnasio al bar. Pero claro, necesitan un coche para atravesar Siberia sin repostar. Sí, claro. Como también necesitan un reloj de buceo para ir a la piscina municipal.

Las baterías son otro blanco fácil. “Es que pesan mucho, es que contaminan, es que duran poco…“. La realidad: cada año pesan menos, cargan más rápido y tienen mayor densidad energética. Y sí, su huella ecológica inicial existe, como la de cualquier producto industrial, pero es muy inferior a la de un coche térmico tras 200.000 km. Pero nada, que no te lo crees. Como el que decía que los ordenadores eran una moda pasajera.

Los negacionistas tecnológicos ya tienen su cuadro de honor: los que dijeron que el cine sonoro era una aberración, los que renegaron del CD frente al casete, los que defendieron el fax frente al correo electrónico, y ahora los que siguen abrazados a su diésel mientras el mundo se electrifica.

La nostalgia no es buena consejera para el progreso. Sirve para recordar lo que fuimos, no para decidir lo que vamos a ser. Y lo que vamos a ser es una sociedad más limpia, eficiente y racional, donde el transporte dejará de depender del ruido, el humo y los cambios de aceite.

Resumiendo: el vehículo eléctrico no es perfecto. Pero es, sin duda, el camino correcto. No porque lo diga yo, sino porque lo dicen los datos, la ciencia, la ingeniería y el sentido común.

Y al que aún no lo vea, que se compre un gramófono, un caballo y se prepare para vivir en el museo de la movilidad.

¡Se me tecnologizan!

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