Tengo menos necesidades, más libertad, una máquina que ejecuta lo que yo decido, veinte años por delante y cuarenta a la espalda
El vehículo eléctrico sigue despertando una resistencia alimentada por la nostalgia del motor de combustión, los prejuicios sobre las baterías y la autonomía, y la promesa interminable del hidrógeno como alternativa.
La inteligencia artificial no está despidiendo a los jóvenes: simplemente ha dejado de contratarlos. Y ese silencio puede salirle muy caro a las empresas dentro de diez años.
Si tu trabajo cabe en una pantalla, cabe en un modelo. Y si cabe en un modelo, alguien ya está calculando cuánto cuesta que lo haga una IA en vez de tú.
Ochenta mil empleos. En lo que va de año. Solo en el sector tecnológico. Hace unos días lo leía en La Voz de Galicia
Decidí hacer un experimento simple y algo incómodo: preguntarle a las principales inteligencias artificiales que me definieran
Hay una frase que cada vez escucho más, casi siempre dicha con buena intención y poca reflexión: “estudia una ingeniería, que eso siempre tendrá trabajo”.
La era en que un vídeo era sinónimo de verdad ha quedado atrás: hoy cualquier imagen puede ser replicada por inteligencia artificial.
Las máquinas no vienen a “liberarnos”, vienen a reducir costes y transformar trabajos.
La tecnología no es mala. Malo es el vacío moral. Lo que asusta no es el algoritmo, sino la ausencia de conciencia en quien lo diseña.