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Tiempo de los demás también vale

El tiempo de los demás también es importante.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la puntualidad , el tiempo de los demás y la falta de respeto que es no cumplirlo, publicado el 08 de mayo de 2026.

Se tiende a pensar que ser puntual es una manía de gente rígida, de los que llegan diez minutos antes y esperan con el cuaderno en la mano. Error de diagnóstico. La puntualidad es una señal directa de cómo gestionas tu vida entera.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Voy a hablar de algo que no es tecnología, pero que define si una empresa —y una persona— merece ser tomada en serio: la puntualidad.

Sí, ese concepto que parece haberse evaporado de nuestra cultura como el humo de una startup sin modelo de negocio. Llevamos años normalizando algo que antes era inaceptable: llegar tarde. Y no solo llegar tarde, sino cancelar a última hora, dar largas o aparecer con una sonrisa y un “es que el tráfico” como si eso borrara los diez, quince o veinte minutos que le acabas de robar a otra persona.

Porque de eso se trata: de robar tiempo.

Cuando llegas tarde, no sufres tú las consecuencias. Las sufre el otro: el que sí organizó su agenda, el que sí apareció a la hora y el que sí se tomó en serio la cita. Estás diciéndole, sin palabras, que tu tiempo vale más que el suyo. Y eso, en términos de respeto, es una declaración de superioridad que nadie te ha otorgado.

La puntualidad no es una virtud menor. Se tiende a pensar que ser puntual es una manía de gente rígida, de los que llegan diez minutos antes y esperan con el cuaderno en la mano. Error de diagnóstico. La puntualidad es una señal directa de cómo gestionas tu vida entera.

El que llega tarde a las reuniones, llega tarde a los proyectos. El que no respeta los horarios ajenos, no respeta los plazos de entrega. El que normaliza el retraso como estilo de vida mantiene una relación muy laxa con todos sus compromisos. No falla solo en el reloj; falla en el fondo.

Llevo más de treinta años en el mundo empresarial y puedo afirmar, con datos empíricos propios, que la puntualidad es uno de los indicadores más fiables de profesionalidad que existen. Más incluso que el currículum o que el discurso en una primera reunión.

La formalidad se confundió con rigidez, y ahí empezó el problema.

Hubo un momento —con la llegada de la cultura startup, del “casual Friday” permanente y del “llámame de tú, que somos un equipo”— en el que la formalidad comenzó a verse como algo negativo, como una rémora del pasado o como sinónimo de estar anticuado. Fue un gran error.

La formalidad no es rigidez; es estructura. Es saber qué se espera de ti y cumplirlo. Es respetar los marcos en los que se mueve la relación profesional. Una empresa sin una mínima formalidad no es moderna ni horizontal: es una empresa donde nadie sabe qué puede esperar de nadie. Y eso, en términos de productividad y confianza, es devastador.

La seriedad tampoco es sinónimo de amargura, como algunos parecen creer. Puedes ser serio y tener sentido del humor. Puedes ser formal y cercano. Lo que no puedes hacer es ser profesionalmente impredecible y pretender que el cliente o el socio te lo tolere indefinidamente.

Lo que vivimos hoy es un triunfo más de la MEDIOCRACIA: esa dictadura silenciosa donde el que cumple termina adaptándose al que no cumple, donde el estándar lo marca el menos comprometido y donde exigir seriedad te convierte, paradójicamente, en el raro del grupo.

Se ha instalado una cultura del “tampoco es para tanto”. Y sí, sí es para tanto.

Una empresa que no respeta el tiempo de sus clientes pierde contratos. Un profesional que llega tarde a una entrevista probablemente no consiga el puesto, aunque luego se sorprenda. Un directivo que convoca reuniones y aparece quince minutos después destruye la autoridad moral que necesita para liderar. El mensaje que lanza, quiera o no, es claro: “yo no me organizo, así que vosotros tampoco necesitáis hacerlo”.

¿Cómo se recupera esto? No hay aplicación ni inteligencia artificial que te haga más puntual si tú no decides serlo. Esto va de decisión personal y de entender que la profesionalidad no es una opción del menú: es la base del juego.

Hay algunas prácticas sencillas que funcionan y que no requieren un máster:

• Tratar cada cita como un contrato. La hora acordada es un compromiso firmado, e incumplirlo tiene un coste reputacional real.

• Entender que el margen de tiempo no es una señal de debilidad. Salir antes, llegar antes y disponer de un pequeño colchón no es propio de personas ansiosas, sino de quienes controlan su agenda.

• Exigir reciprocidad. Si tú eres puntual y el otro no lo es de manera sistemática, corrígelo. En una empresa, en una reunión o con un proveedor. No de forma agresiva, pero sí con claridad.

• Medir el coste real del retraso. Si tienes un equipo de diez personas en una reunión que empieza quince minutos tarde, acabas de perder ciento cincuenta minutos de trabajo. Ponle precio. El dato mata al relato.

La puntualidad, la formalidad y la seriedad no son valores del pasado. Son ventajas competitivas en un entorno donde cada vez escasean más.

Y las ventajas competitivas que escasean se pagan bien.

¡Se me tecnologizan!

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