La vida es ese tiempo que pasa hasta que te mueres.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la vida y el paso del tiempo, publicado el 05 de agosto de 2025.
El tiempo pasa y se va, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. ¿No es acaso el tiempo el gran domador, el invisible jinete que nos arrea con el látigo de los días, las horas y los minutos?
¡Ey, tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Así, sin anestesia. Como es. Como debe decirse.
No hay más: una frase que desnuda la realidad sin maquillaje, sin florituras, sin metáforas edulcoradas.
Y sin embargo, cuánta profundidad contiene.
Porque precisamente por eso —porque el tiempo pasa y se va, sin pedir permiso y sin dar explicaciones—
tenemos que intentar algo tan paradójico como grandioso: controlar el tiempo para que el tiempo no nos controle a nosotros.
¿Y cómo se controla el tiempo?
¿Acaso podemos?
¿No es acaso el tiempo el gran domador, el invisible jinete que nos arrea con el látigo de los días, las horas y los minutos?
Sí, lo es.
Pero también es cierto que —como buen jinete— si tú no coges las riendas, te lleva donde quiere.
Y ahí está el punto.
Nuestra vida, esa que avanza imparable hacia su final, esa que parece larga pero que solo lo es mientras eres joven,
no se puede alargar (al menos no aún).
Pero se puede ensanchar.
Y se puede llenar de sentido, de elección, de conciencia y de foco.
No es cuestión de vivir más.
Es cuestión de vivir con intención.
Es mirar el reloj y saber por qué estás haciendo lo que haces.
Es usar el calendario como herramienta, no como jaula.
Es entender que el tiempo es capital. Es tu único capital real. Y, como todo capital, se puede invertir o despilfarrar.
En este mundo que nos empuja al ruido, a la dopamina rápida, al scroll infinito, al algoritmo que decide por ti lo que ves, lo que piensas y hasta lo que deseas…
nos hace falta resistencia mental y disciplina interna.
Nos hace falta entrenar la voluntad.
Nos hace falta decidir, cada día, que nuestro tiempo vale más que los impulsos.
Y que no vamos a regalarlo a quien no se lo merece, ni a causas que no nos pertenecen.
Vivimos atrapados en agendas ajenas, reaccionando a urgencias que no son nuestras, esclavos de la inmediatez.
¿Resultado?
Días que se nos escapan entre los dedos.
Años que se evaporan como vapor en una olla a presión.
Y cuando paramos… si es que paramos…
nos preguntamos: ¿qué coño estoy haciendo con mi vida?
Y eso, querido lector, no es una pregunta que debamos hacernos cuando estemos enfermos, o solos, o arruinados.
Es una pregunta que debemos hacernos cada mañana, con el primer sorbo de café.
Porque si no tomas el control del tiempo, el tiempo toma el control de ti.
Y él no tiene piedad. Ni espera. Ni perdona.
La clave está en elegir.
Elegir dónde pones tu foco.
A quién le das tu energía.
Qué batallas valen tu cansancio.
Qué proyectos merecen tu insomnio.
A qué sueños vas a seguir persiguiendo aunque el mundo te diga que ya es tarde.
Así que no, no vivas como si fueras eterno.
Ni como si el tiempo te debiera algo.
Porque no te debe nada.
Vive como si fueras consciente.
De que lo que hoy haces… es lo que mañana serás.
Y de que cuando llegue el final —porque llegará—
no te arrepentirás de no haber vivido más tiempo, sino de no haberlo vivido a conciencia.
Porque al final…
la vida es ese tiempo que pasa… hasta que te mueres.
Pero mientras tanto, puede ser todo lo que tú decidas que sea.
¡Se me tecnologizan!
