Más allá de la envidia, existe un sentimiento mucho más dañino para el desarrollo económico y social: el resentimiento hacia quien prospera.
La mayoría de las personas pasan años intentando cambiar sus resultados sin revisar los pensamientos que los provocan.
El caso de Diego González Rivas no es solo el de un talento excepcional, sino el reflejo de un problema estructural.
Hace unos días leía en prensa un artículo de Ernesto S. Pombo titulado “Unos gárrulos deciden nuestras vidas”.
España presume de grandes cifras empresariales mientras ignora la paradoja que esconden: confundir facturación con mérito y tamaño con creación de valor.
Cien hormigas rojas, cien hormigas negras, un jarrón de cristal. Quietud absoluta. Nadie pelea. Nadie muere. Todo en orden. Hasta que alguien sacude el jarrón.
El autónomo no es que no enferme. Es que no puede parar. Porque cuando un trabajador por cuenta propia cae de baja, el sistema no le suspende la vida.
Mientras Europa presume de tapones cosidos, China conquista el mercado global del coche eléctrico. No es un despiste.
España lleva un tiempo funcionando como si fuese una práctica de laboratorio mal supervisada.
España ha instaurado sin referéndum un nuevo régimen: la mediocracia, donde el talento molesta, la excelencia se castiga y el mérito se sospecha.









