Hoy vamos a jugar con esas frases que circulan como dogmas en el mundo empresarial. Algunas merecen ser enmarcadas en oro.
En la empresa, el empresario es el que arruina a sus socios con trampas, pero también el que levanta empleo sólido, el que no cede a la tentación fácil y el que hace de su trayectoria una lección de integridad
¿De qué sirve tener una empresa si no tienes la energía para disfrutarla? ¿De qué sirve ser “exitoso” si estás enfermo, agotado o limitado?
Aquí me tenéis, en mi rincón de casa un sábado cualquiera, acabando de leer “SaludableMente” de Marcos Vázquez.
Hemos pasado de admirar a empresarios que levantaban fábricas a idolatrar a tipos que se graban desde un Lamborghini alquilado.
Unirse no es una opción. Es una ventaja evolutiva. Y sigue siendo nuestro mayor superpoder. No se trata de colectivismo barato ni de utopías comunitarias. Se trata de estrategia.
Un verdadero empresario no se define solo por lo que factura, sino por el impacto que deja en su entorno.
Los concursos públicos se presentan como procedimientos transparentes, abiertos y equitativos, pero en la práctica son una farsa donde el ganador está decidido de antemano.
El poder sin principios es una bomba de relojería; que la ambición sin límites termina devorando a quien la ejerce; y que, al final, ningún traje de etiqueta puede esconder una conciencia vacía.
El empresario envidioso es aquel que no puede soportar el éxito ajeno. Su ego desmesurado no le permite aceptar que otros puedan sobresalir.









