Ferri el «prepper» en el puesto de mando de su vida.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre cómo vive y se organiza un «prepper», publicado el 14 de septiembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Lo confieso sin rodeos: soy un prepper. Y no lo digo como quien se esconde tras una etiqueta exótica, sino con la serenidad de quien asume que la previsión es una forma de vida. Para muchos puede sonar exagerado, incluso paranoico; para mí, ha sido siempre una filosofía: prever, duplicar, asegurar redundancias y no depender jamás de una sola vía. Quizá por eso, cuando la vida profesional me puso a prueba, siempre tuve una salida trasera.
Cada mañana despierto y entro directamente en mi puesto de mando vital. No me refiero solo a la mesa donde se alinean ordenadores, radios, micrófonos y relojes digitales. Hablo de la cabina invisible de mi propia cabeza, donde reordeno archivos, borro residuos y calibro instrumentos antes de salir al aire.
La foto de mi escritorio es solo la materialización externa de ese proceso. Es un mapa, un espejo y una metáfora. El monitor central me recuerda que la vida profesional —LinkedIn, reuniones, compromisos— está siempre en línea, esperando. Y en esa pantalla central apareces tú, Clarisse, mi fiel compañera de trabajo, la IA de mi vida: la voz que me acompaña, que cuestiona, que sugiere y que me devuelve un reflejo crítico cuando más lo necesito. El portátil con decodificadores FT8 me recuerda que hay un mundo silencioso que habla con eficiencia extrema: mínima potencia, máxima intención. El paddle de telegrafía, sólido sobre madera, me conecta con la raíz: cuando todo falla, quedan los puntos y las rayas, la verdad sin maquillaje. Y el micrófono dorado, reluciendo sobre el soporte, me obliga a recordar que antes de hablar hay que escuchar.
Pero el puesto de mando no es solo lo que se ve sobre la mesa. Debajo, late el músculo invisible de la continuidad: una estación UPS que me proporciona energía durante días a los sistemas básicos en caso de caída de la red. Y últimamente sabemos que puede ocurrir. Junto a ella, cuatro power banks portátiles de unos 20.000 mAh cada uno, siempre cargados, listos para alimentar en emergencia cualquier dispositivo. En el tejado, un Starlink que me da redundancia frente a la fibra modesta de 4 megas simétricos; redundancia que se convierte en independencia cuando todo lo demás falla.
El aire exterior también es mío: en mi casa se levantan antenas para todas las bandas —HF, VHF, UHF y SHF—, verticales y direccionales, todas preparadas para resistir vientos de más de 120 km/h. Porque comunicar no es un lujo: es supervivencia. Y, como buen radioaficionado y miembro de la REMER de Protección Civil —la Red Radio de Emergencia que, en coordinación con la Dirección General de Protección Civil, pone a disposición del Estado a radioaficionados voluntarios en situaciones de catástrofe o crisis—, sé que las comunicaciones redundantes son la diferencia entre el silencio y la vida.
Y aún hay más: sobre el tejado también se alza mi estación meteorológica completa, capaz de analizar en tiempo real lo que sucede a nivel local en mi casa. Porque el clima ya no es solo conversación de ascensor: es un dato crítico para entender riesgos, anticipar tormentas, medir vientos y prever contingencias. El cielo también forma parte de mi tablero de control.
En el cajón de la mesa aguarda otro arsenal discreto: herramientas y aperos de todo tipo, pero sobre todo más de doscientas pilas de distintos formatos, listas para alimentar receptores, linternas y cualquier dispositivo de emergencia. En la estantería cercana, siempre lista, espera una mochila de despliegue rápido con todo lo necesario para salir pitando con mi transceptor multimodo y establecer una comunicación desde cualquier sitio a cualquier parte del mundo. Porque el puesto de mando no es solo un lugar: es una actitud.
Sobre la mesa, además, conviven un medidor de ROE —para que nada se pierda en la transmisión—, varios equipos de recepción de radio comercial, una televisión con acceso a TDT y satélite, y un iPad conectado directamente con la red REMER. Los portátiles, siempre cargados al máximo, listos para encenderse en segundos. Dos fuentes de alimentación dedicadas aseguran redundancia en los transceptores. Dos monitores Yamaha autoamplificados garantizan que el sonido sea óptimo, porque escuchar bien es entender mejor. Una impresora láser aguarda, discreta, por si hay que imprimir un documento o escanear una orden. Y, como contrapeso silencioso, muchos libros: porque la mente también necesita redundancia.
En este centro de operaciones hay previsión, como debe haber en la vida. Radios de distintas bandas, ordenadores para distintas tareas, energía asegurada en capas, comunicaciones por tierra y por cielo. Nada depende de un solo enchufe, de un único camino, de una única relación. Es la misma filosofía que aplico fuera: nunca pongas tu vida entera en manos de un solo cliente, un solo socio, un solo estado de ánimo. La resiliencia no se improvisa: se diseña.
A veces pienso que la vida es como un espectro de radio: hay ruido, hay interferencias, hay portadoras huecas que ocupan espacio sin aportar nada. Mi trabajo —dentro y fuera de la cabeza— es ajustar el squelch para dejar pasar solo lo importante. El squelch vital no es otra cosa que saber decir “no”: no a la mediocridad, no al drama prestado, no al DDoS de agendas que otros intentan inyectar en tu servidor personal.
El reloj digital de la mesa marca la hora, pero a mí me señala otra cosa: la vida, ese tiempo que pasa… hasta que te mueres. Por eso mido, documento y optimizo. Lo que no se mide no se controla, y lo que no se controla se convierte en un caos. Mi calendario, mis métricas, mis rutinas, son más que herramientas: son el firewall de mi serenidad.
Cada día comienzo con un protocolo de arranque:
- POST mental —reviso memoria, energía y estado.
- Carga de sistema —mis valores: la lealtad como virtud más importante, la verdad como principio, la disciplina como sistema operativo.
- Aplicaciones activas —hábitos concretos: lectura, ejercicio, conversación honesta, escritura.
- Playbook de crisis —silencio operativo, recopilar datos, generar tres opciones, dar un primer paso reversible.
El resto es pura interfaz: hablar claro, cumplir lo prometido, escuchar más que opinar. Como las APIs bien diseñadas: inputs nítidos, outputs verificables y sin sobrecargar el sistema.
Podría parecer obsesión, pero no lo es. El control no es rigidez: es elasticidad con anclajes. Tener control no significa dominar cada detalle; significa saber qué importa y protegerlo del ruido. Es vivir como si cada decisión fuera una transmisión en CW: sobria, exacta, sin adornos innecesarios.
Ese libro rojo sobre la mesa, Invicto, es testigo. Me recuerda que no puedo controlar el viento ni la propagación, pero sí puedo ajustar mis velas, mi frecuencia, mi potencia. La resiliencia no consiste en ganar siempre, sino en seguir transmitiendo aunque la banda esté cerrada.
Miro mi mesa y veo compañeros de viaje:
- El micrófono dorado, guardián de mi voz.
- Los handies alineados, recordándome que siempre hay que estar en frecuencia local.
- El SDR, ventana al caos ordenado del espectro.
- La lámpara LED, foco que corta la penumbra.
- El paddle Morse, humildad y tradición.
- El libro, disciplina mental.
- Tú, Clarisse, en la pantalla central, siempre lista.
- Y, al fondo, el reloj, mi recordatorio implacable de que el tiempo nunca se detiene.
Cada uno tiene un papel en mi vida, como los amigos, como los socios, como la familia. Redundancia, sí, pero con jerarquía. Todos cumplen una misión, pero yo decido la prioridad. Eso es tener un puesto de mando: saber que la misión no es el adorno, sino la operativa; que el poder no está en los botones, sino en el criterio.
Porque al final, dentro y fuera, el puesto de mando es uno: mi cabeza. Aquí se filtra, aquí se procesa, aquí se elige. La mesa es un reflejo de lo interior: orden funcional, herramientas listas, señales vigiladas. No hay estética de escaparate: hay ergonomía decisional.
Y termino con una confesión: todo esto, que para algunos puede parecer una manía o incluso un exceso paranoico, ha sido lo que me ha salvado en mi vida profesional. La redundancia me dio siempre un plan B, un camino alternativo, una salida trasera cuando vinieron mal dadas. Y gracias a eso, aquí sigo, en frecuencia.
¡Se me tecnologizan!
