El Puesto de Mando Avanzado del siglo XXI.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre lo que tiene que ser un PMA (Puesto de Mando Avanzado) en el sigo XXI, publicado el 19 de marzo de 2026.
Capacidad operativa real en emergencias y eventos críticos
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Siempre he estado motivado por una reflexión muy sencilla: que nadie esté solo, especialmente cuando más lo necesita.
No es una frase bonita. Es una convicción. Cuando has pisado escenarios complicados, cuando has visto cómo una situación normal se convierte en crítica en cuestión de minutos, entiendes que la diferencia entre el caos y el control no siempre está en tener más gente ni más medios. Muchas veces está en algo bastante menos vistoso y bastante más importante: que alguien sea capaz de mandar, coordinar y sostener la operación.
Desde ahí he construido mi forma de entender la tecnología, el trabajo y la responsabilidad. También desde dentro, participando de forma modesta en la Red de Emergencias de Protección Civil, donde uno aprende rápido que el problema nunca es solo técnico. Es organizativo, humano y, demasiadas veces, de puro sentido común.
Y lo digo con humildad, pero con experiencia: llevo a mis espaldas centenares de operativos de emergencias, seguridad y escenarios críticos. He visto cosas que no son muy normales. Situaciones que sobre el papel no deberían ocurrir y, sin embargo, ocurren. He visto a Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local, bomberos, Protección Civil y equipos de seguridad sentados juntos, coordinándose en tiempo real al calor del equipo de mi PMA, en medio de un evento crítico, acompañados de toda la tecnología posible, pero sobre todo de criterio.
Eso es un PMA del siglo XXI.
Y también he podido percibir algo que no sale en los informes ni en las notas de prensa: el valor y la entrega de todos los cuerpos y fuerzas de seguridad y de los equipos de emergencia. Su dedicación, su diligencia, su manera de estar cuando todo va mal, a mí me ha puesto muchas veces la carne de gallina. Pero también hay que decir una verdad incómoda: en demasiadas ocasiones no se les dan todas las herramientas que realmente necesitan para trabajar como merecen y como la situación exige.
Llevamos unos años curiosos. No por falta de tecnología, que de eso vamos sobrados, sino por la evidencia constante de que tener medios no es lo mismo que saber utilizarlos.
Las DANAs, por ejemplo. Episodios de lluvias torrenciales que en pocas horas colapsan ciudades enteras. Calles convertidas en ríos, infraestructuras anegadas, servicios desbordados. Y ahí aparece el primer problema serio: comunicaciones que fallan, coordinación que se fragmenta y decisiones que llegan tarde porque nadie tiene una visión completa de lo que está pasando. O el apagón eléctrico. Cuando cae la red, no se apaga solo la luz. Se apagan centros de control, repetidores, sistemas de comunicación, semáforos, estaciones base y buena parte de la capacidad operativa. De repente, lo que parecía un entorno controlado se convierte en un escenario ciego.
En ambos casos, lo que quedó patente no fue la falta de profesionales ni de esfuerzo. Fue la falta de estructura. De redundancia. De mando operativo real sobre el terreno.
Luego están los incendios forestales, donde cada minuto cuenta. Situaciones complejas como Adamuz, donde lo que falla no es el músculo, sino el cerebro. Y mientras tanto, eventos masivos cada vez más tensionados, con riesgos crecientes que ya no se gestionan con cuatro vallas y un walkie.
Y si miramos a Galicia, la memoria no solo aprieta. También enseña.
Urquiola, 1976. Un petrolero encalla frente a la costa de A Coruña cargado de crudo. Explosión, incendio y vertido. Uno de los primeros grandes avisos de lo que significa una crisis industrial en entorno marítimo.
El Cason, 1987. Un buque con carga química encalla en Fisterra. Evacuaciones masivas, información confusa, miedo social y decisiones tomadas con datos incompletos. Gestión de crisis en estado puro, y con muchas carencias.
Mar Egeo, 1992. Otro petrolero embarranca frente a la Torre de Hércules. Marea negra, impacto ambiental brutal y una respuesta que evidenció las limitaciones de coordinación de aquella época.
Bens, 1996. El derrumbe del vertedero de Bens, en A Coruña. Una masa de residuos se desplaza ladera abajo, invade zonas habitadas y alcanza el mar. Un escenario híbrido, industrial, medioambiental y urbano al mismo tiempo. Ahí el uso de un PMA habría sido decisivo. En aquel momento, sencillamente, no existía esa capacidad tal y como hoy la entendemos.
Prestige, 2002. Probablemente el caso más conocido. Un vertido que afectó a miles de kilómetros de costa. Aquí ya no hablamos solo de emergencia, hablamos de crisis sostenida en el tiempo. Y otra vez apareció el mismo problema: múltiples actores, poca integración real.
Angrois, 2013. Un tren Alvia descarrila a la entrada de Santiago. Ochenta fallecidos, decenas de heridos y una escena caótica en segundos. Un accidente ferroviario donde la gestión inicial, la coordinación y la información en tiempo real eran críticas desde el primer minuto.
En todos estos casos hay algo en común: la complejidad supera rápidamente a la organización.
Ahí no hay teoría. Ahí hay historia. De la dura.
Escenarios distintos, épocas distintas, tecnologías diferentes, pero un patrón que se repite con una disciplina casi cruel: cuando la situación escala, lo que marca la diferencia no es solo el número de recursos, sino cómo se coordinan.
Vamos a intentar aprender algo.
Porque aquí es donde entra de verdad el concepto de Puesto de Mando Avanzado.
Un PMA no es un vehículo bonito lleno de pantallas. Tampoco es un capricho tecnológico para justificar presupuestos. Un PMA es, o debería ser, la columna vertebral operativa de cualquier intervención seria. Es el lugar donde se decide, donde se coordina, donde se prioriza y donde se mantiene el control cuando todo alrededor se está desmoronando.
Jose Antonio Ferreira
Y aquí viene el primer problema: hemos confundido presencia con capacidad.
Hay muchos “PMA” que en realidad son oficinas móviles. Bien equipadas, sí. Fotogénicas también. Pero operativamente débiles. Sin autonomía real, sin redundancia, sin integración de sistemas. En cuanto falla una pieza crítica —energía, conectividad o interoperabilidad— el supuesto centro de mando deja de serlo y se convierte en decorado con ruedas.
Un PMA de verdad tiene que funcionar como una torre de control. Y cuando digo torre de control, no es una metáfora bonita. Es literal. En el escenario actual, con drones operando en emergencias, vigilancia aérea, análisis térmico, búsqueda de personas, evaluación de daños y gestión de múltiples flujos de información, alguien tiene que ordenar ese espacio operativo. Y ese alguien no puede estar improvisando.
Ahí es donde el PMA del siglo XXI marca la diferencia.
Pero hay otro punto clave que casi nadie quiere decir en voz alta: un policía no puede estar pendiente de veinte, treinta o cincuenta cámaras a la vez. Eso no es operativo. Eso es una ilusión de control. Un profesional tiene que gestionar incidencias, tomar decisiones, priorizar y coordinar equipos. No puede estar haciendo de vigilante pasivo frente a un muro de pantallas esperando a que pase algo.
Ahí es donde entra la analítica de imagen. Y sí, la inteligencia artificial.
No como palabra de moda, sino como herramienta real. Sistemas capaces de detectar comportamientos anómalos, localizar personas, identificar vehículos, generar alertas automáticas y filtrar el ruido para que el operador solo vea lo importante. Esa es la clave. No ver más. Ver mejor.
Y eso, integrado dentro de un PMA, cambia completamente la forma de operar.
Pero para que todo esto funcione, hay pilares que no se negocian.
- El primero es la energía. Sin energía no hay nada. Ni comunicaciones, ni analítica, ni coordinación. Y no hablo de tener un generador aparcado al lado para la foto. Hablo de autonomía real, independencia y continuidad operativa cuando las infraestructuras externas desaparecen o dejan de ser fiables.
- El segundo es la visión. Hoy no se puede dirigir una emergencia a ciegas. Cámaras ópticas, térmicas, sensores y datos útiles. No imágenes bonitas, información accionable.
- El tercero es la conectividad. Aquí es donde muchos sistemas se caen, literalmente. 5G, satélite, redes redundantes. No se trata de elegir una, sino de integrarlas todas. Porque cuando una falla, otra tiene que sostener la operación.
- El cuarto es la radio. Parece básico, pero sigue siendo el gran cuello de botella. Servicios que no se escuchan entre sí, protocolos incompatibles, equipos que no hablan el mismo idioma. Un PMA eficaz tiene que integrar comunicaciones de diferentes cuerpos sin fricciones. Si no, la coordinación es una ficción.
- El quinto es la movilidad. Si no puedes desplegar rápido, llegas tarde. Y en este terreno, llegar tarde no es un pequeño fallo. Es el fallo.
- Y el sexto, probablemente el más ignorado, es la disponibilidad real. Un PMA no es algo que se compra y se guarda. Es un sistema vivo. Requiere mantenimiento preventivo, predictivo, soporte técnico y conocimiento operativo. Porque el día que hace falta, no hay margen para abrir un manual y ponerse a probar botones.
Y aquí hablo con conocimiento de causa. Llevo más de 20 años diseñando, fabricando y operando Puestos de Mando Avanzado. Viendo lo que funciona y lo que falla. Viendo cómo en papel todo encaja y cómo en el terreno la realidad te pone en tu sitio en cuestión de minutos.
He visto PMAs impecables sobre catálogo que no aguantan una noche de trabajo real. Y he visto sistemas más sobrios, pero bien pensados, sostener operaciones críticas durante días.
Por eso lo digo claro: la tecnología sin operación es decorado.
Aquí no estamos hablando de innovación por postureo. Estamos hablando de salvar vidas, de proteger infraestructuras y de mantener el orden cuando todo lo demás falla.
Y en ese contexto, hay una frase que debería quedarse grabada: un PMA no se compra. Se garantiza.
Se garantiza con diseño inteligente. Con integración real. Con mantenimiento constante. Con formación. Con criterio. Y, sobre todo, con una mentalidad que entienda algo básico: la tecnología no sustituye al mando, pero sin tecnología el mando se queda ciego.
Porque al final, cuando todo se complica —y siempre se complica— no gana quien tiene más medios.
Gana quien tiene mejor estructura.
Y eso, guste o no, se entrena.
¡Se me tecnologizan!
