Cuando los “gárrulos” gobiernan el tablero.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre cómo el poder está lleno de «gárrulos» con escasa visión estratégica, publicado el 17 de marzo de 2026.
En el tablero global, la realidad apunta a una reconfiguración del poder mundial donde las grandes potencias actúan guiadas por intereses estratégicos, no por impulsos. En ese tablero duro y competitivo, Europa corre el riesgo de quedar descolgada, atrapada en debates internos mientras otros ya están escribiendo las reglas del siglo XXI.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Hace unos días leía en prensa un artículo de Ernesto S. Pombo titulado “Unos gárrulos deciden nuestras vidas”. Un título provocador, de esos que obligan a detenerse un momento y pensar. Porque, aunque el tono del texto sea claramente crítico y hasta sarcástico, toca una cuestión incómoda: ¿en manos de quién están realmente las decisiones que marcan el rumbo del mundo?
La tesis de Pombo es sencilla. Sostiene que el orden internacional que conocíamos se está descomponiendo y que, en medio de esa deriva, las decisiones que afectan a millones de personas están siendo tomadas por dirigentes que actúan con escasa visión estratégica. En su análisis aparecen varios actores del tablero global —Israel, Irán, Estados Unidos— y una sensación general de improvisación política.
Hasta aquí, uno podría asentir. Porque es verdad que el mundo atraviesa una fase de enorme inestabilidad geopolítica.
Tenemos la guerra de Ucrania enquistada en Europa. Un Oriente Medio en permanente ebullición. China y Estados Unidos compitiendo por la hegemonía tecnológica y militar. Y una economía global que empieza a dar señales preocupantes de fatiga.
En ese sentido, Pombo acierta al señalar que el orden internacional surgido tras la Guerra Fría está cambiando. Y no precisamente hacia algo más estable. Pero donde, desde mi punto de vista, el análisis se queda corto es en la explicación de fondo. Porque no estamos simplemente ante dirigentes “gárrulos”. Estamos ante algo más profundo: una reconfiguración del poder mundial.
La historia enseña que cuando las potencias compiten por el liderazgo global, el tablero se vuelve imprevisible. No es una cuestión de inteligencia o torpeza personal. Es una cuestión de intereses estratégicos. Irán no amenaza el estrecho de Ormuz porque sus dirigentes sean impulsivos. Lo hace porque sabe que por ese paso marítimo circula una parte esencial del petróleo mundial. Es una palanca de presión. Israel no actúa únicamente por impulso político, sino por una lógica de supervivencia estratégica en una región extremadamente hostil. Y Estados Unidos no interviene en los conflictos globales por capricho, sino porque mantener la primacía internacional forma parte de su ADN geopolítico. En otras palabras: el mundo no funciona por simpatía ni por ideología, sino por poder. Y aquí aparece el verdadero problema.
Europa —y especialmente países como España— parece vivir en una especie de burbuja mental. Mientras el planeta se rearma, reorganiza sus cadenas industriales y compite por la tecnología, aquí seguimos atrapados en debates internos que poco tienen que ver con la realidad del tablero global.
Decía el viejo principio estratégico romano: “Si vis pacem, para bellum”. Si quieres la paz, prepárate para la guerra. No porque alguien desee la guerra. Nadie con un mínimo de sentido común quiere un conflicto. Pero la paz, en la historia de la humanidad, siempre ha dependido de la capacidad de disuasión. Y esa es precisamente una de las grandes debilidades europeas hoy.
Tenemos talento, industria, conocimiento científico y capacidad tecnológica. Pero carecemos de algo fundamental: voluntad estratégica. Mientras Estados Unidos, China o incluso potencias regionales como Turquía o Irán piensan en términos de décadas, en Europa muchas veces pensamos en términos de legislatura. Y el mundo no funciona así. La tecnología, la energía, el control de las rutas comerciales o el dominio del espacio son hoy los verdaderos factores de poder. Quien domine esas variables dominará el siglo XXI.
Por eso, más allá del tono provocador de Pombo, el debate que plantea es pertinente. Nos obliga a mirar el tablero global con menos ingenuidad y más realismo. Porque quizá el problema no sea que unos “gárrulos” decidan nuestras vidas. Quizá el problema es que otros sí están jugando la partida con una estrategia clara… mientras nosotros seguimos discutiendo si la partida existe. Y cuando uno llega tarde al tablero, normalmente descubre que las reglas ya las han escrito otros.
¡Se me tecnologizan!
