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Qué son los todólogos

Extirpa los todólogos de tu vida.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el concepto de los «todólogos» quiénes son y como los identificas en tu vida, publicado el 11 de agosto de 2025.

Aficionados a vivir del humo y del cuento. Solo exigen derechos, pero jamás asumen obligaciones. Y como no saben construir nada, se dedican a destruir lo que hacen otros. No aportan, pero opinan. No ayudan, pero critican. No hacen, pero juzgan.

¡Ey, tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Hay una plaga que no necesita pasaporte, ni visado, ni PCR: se cuela por los micrófonos, los timelines y hasta en las comidas familiares. Hablo de los todólogos, esos ilustres miembros de la RAET: la Real Academia Española de Tertulianos.

Cómo identificar a un todólogo

Son los que lo mismo fríen una camisa que planchan un huevo. Saben de todo, aunque no hayan hecho nada. Su currículum es mediocre cuando no directamente inexistente, pero eso no les impide pontificar sobre economía, ciencia, geopolítica, crianza, salud mental y cómo freír croquetas con energía cuántica.

Muchos no han trabajado en su vida, y si lo han hecho, ha sido sin pena ni gloria. Aun así, sufren un trastorno agudo: el síndrome de la corrección compulsiva del prójimo. Una afección que les lleva a decirte lo que debes hacer, corregirte públicamente y repartir consejos que ni ellos aplican.

Tienen un altísimo concepto de sí mismos.

Se sienten especiales, superiores, y tratan a los demás con desprecio, condescendencia o directamente sorna. Están encantados de conocerse. Se autoadmirarían en el espejo si no tuvieran que pestañear de vez en cuando. Son hinorantes —sí, con H y sin G—, una mutación todavía peor que la ignorancia: mezcla de necedad, arrogancia y complejo de mesías frustrado.

Se sienten víctimas de un mundo que no los valora. El problema, claro, nunca son ellos. Son incomprendidos, dicen. El sistema está podrido, repiten. Los jefes no les entienden, los gobiernos los maltratan, el algoritmo les silencia.

Pero la verdad es más sencilla: no valen tanto como creen. Y duele. Así que lo enmascaran con desprecio y superioridad moral.

Son parásitos del pensamiento ajeno.

Aficionados a vivir del humo y del cuento. Solo exigen derechos, pero jamás asumen obligaciones. Y como no saben construir nada, se dedican a destruir lo que hacen otros. No aportan, pero opinan. No ayudan, pero critican. No hacen, pero juzgan.

Y lo más grave de todo: no son buenas personas.

Porque la bondad también es humildad. Y el todólogo es incapaz de asumir que no lo sabe todo, que puede aprender, o simplemente que hay cosas en las que mejor callar.

Así que, si quieres paz, crecimiento, proyectos sólidos y relaciones sanas…

Extírpalos de tu vida.

Sin anestesia. Sin explicaciones. Sin culpa.

El que habla de todo, suele no saber de nada.

Y el que desprecia, ya se ha retratado.

¡Se me tecnologizan!

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