El clientelismo: un fenómeno devastador que socava la democracia.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el clientelismo y como afecta a la confianza en las instituciones, publicado el 4 de febrero de 2025.
Erosiona la confianza en las instituciones, ya que los ciudadanos perciben que el éxito depende más de las conexiones que de los méritos.
¡Ey, tecnófilos!
El clientelismo, esa gloriosa herencia del Imperio Romano, donde los patricios repartían favores a los plebeyos a cambio de lealtad. Qué bonito, ¿verdad? Lamentablemente, este cáncer social ha evolucionado y se ha adaptado a nuestros tiempos modernos, infiltrándose en la relación entre política y empresas. Se ha enquistado en ayuntamientos, comunidades autónomas, el Gobierno central, diputaciones y, por supuesto, en las empresas públicas de todo pelaje. Y sí, cada partido político tiene sus clientelistas, esos «fieles seguidores» que esperan su recompensa, independientemente de su ideología. Porque, al final, la tentación del clientelismo no discrimina siglas ni colores.
El clientelismo en las Comunidades Autónomas
En las comunidades autónomas, el clientelismo sube de nivel. Aquí, los partidos que controlan los gobiernos autonómicos se aseguran de que las empresas amigas reciban su merecido premio. Adjudicación de contratos de infraestructuras, servicios públicos y distribución de subvenciones europeas, todo con una transparencia que haría llorar a cualquiera. Cada partido, según su ideología y base de apoyo, tiene sus propios “clientes” esperando ansiosamente su recompensa.
Falta de equidad en concesiones de servicios públicos
El Gobierno central y las diputaciones, por supuesto, no podían quedarse fuera de este magnífico espectáculo. Aquí, el clientelismo alcanza su máxima expresión. Los grandes contratos de infraestructuras, concesiones de servicios públicos nacionales y políticas de subvenciones son el pan de cada día. Cada partido en el poder tiene su legión de clientelistas, esos empresarios y grupos de interés que esperan recibir su parte del pastel por su lealtad y apoyo. Porque, en definitiva, la meritocracia y la equidad son conceptos demasiado aburridos.
Las empresas públicas, por su naturaleza, son verdaderos feudos de poder donde el clientelismo florece sin control. Los directivos de estas empresas suelen ser nombrados más por sus conexiones políticas que por sus méritos profesionales. Esto crea un círculo vicioso donde las decisiones se toman en función de lealtades políticas, y no de eficiencia y beneficio público. ¿El resultado? Una gestión menos eficiente y menos competitiva, que afecta negativamente a la economía y a los ciudadanos. Pero, ¿a quién le importa, verdad?
El impacto del clientelismo es devastador. Perpetúa la desigualdad, ya que los recursos se distribuyen de manera injusta. Fomenta la corrupción, porque los favores y los sobornos se convierten en la moneda de cambio. Y, por último, erosiona la confianza en las instituciones, ya que los ciudadanos perciben que el éxito depende más de las conexiones que de los méritos.
Eso sí, no todos los organismos están infectados por este mal. Existen personas honradas que trabajan con transparencia y equidad, luchando contra el clientelismo desde dentro. Son pocos, pero su esfuerzo es vital para mantener viva la esperanza de un sistema justo y meritocrático.
Pero no todo está perdido. La tecnología puede ser nuestra aliada en la lucha contra este monstruo. Herramientas como el blockchain pueden garantizar la transparencia en las contrataciones y la distribución de recursos. Las plataformas de participación ciudadana pueden hacer que las decisiones sean más inclusivas y representativas. Y la democratización del acceso a la información puede empoderar a los ciudadanos para que exijan mayor rendición de cuentas.
Erradicar el clientelismo requiere un esfuerzo conjunto de toda la sociedad. Necesitamos un cambio de mentalidad donde los méritos y la competencia justa sean los criterios para la distribución de recursos y oportunidades. La educación en valores de transparencia y equidad es fundamental para las nuevas generaciones. Y, por supuesto, los líderes políticos y empresariales deben comprometerse genuinamente con la creación de un entorno donde el clientelismo no tenga cabida.
El clientelismo es un obstáculo serio para el desarrollo justo y eficiente de nuestras sociedades. Pero con las herramientas adecuadas y un compromiso firme, podemos avanzar hacia un futuro donde la política y las empresas trabajen para el bien común y no para intereses particulares.
¡Se me tecnologizan!
