Nunca te olvides…
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre que nunca te olvides de los que están contigo en las buenas y en las malas, publicado el 16 de diciembre de 2024.
¡Ey Tecnófilos!
Corría la década de los 2010, una época que los que la vivimos no olvidaremos fácilmente. La crisis económica golpeaba con una fuerza despiadada. La burbuja inmobiliaria se estableció como una granada, dejando a su paso ruinas financieras y personales. Los bancos, que hasta entonces ofrecían crédito como si el dinero creciera en los árboles, cerraron el grifo de un día para otro. Y nosotros, los empresarios, los pequeños y medianos emprendedores, quedamos atrapados entre el fuego cruzado de una recesión que parecía no tener fin.
Años muy duros. Y lo digo no solo por la batalla diaria por mantener el negocio a flote, por pagar las nóminas o por cumplir con las deudas. Lo que realmente me dolió en lo más profundo fue asumir una verdad que, aunque siempre estuvo ahí, se mostró con crueldad en esos días: cuando el dinero desaparece, también desaparecen muchas personas.
Aquellos años dejaron marcas en mi alma. Recuerdo leer un artículo en una revista económica que hablaba de cómo las relaciones cambian cuando uno atraviesa dificultades económicas. Y lo que más me impactó no fueron los datos, ni los gráficos, ni las estadísticas, sino esa frase que decía algo así como: “Cuando caes, te das cuenta de que algunas personas no eran amigos, sino intereses”. Fue como si esa frase hubiera sido escrita para mí.
De repente, el teléfono dejó de sonar. Esos «amigos» que hasta entonces eran inseparables se volvieron ausencias. Las llamadas para tomar un café, las invitaciones a eventos, las charlas sobre negocios y proyectos futuros, todo eso desapareció como un castillo de arena arrasado por la marea. Esas personas que, hasta ese momento, yo creía cercanas, simplemente dejaron de estar ahí. Me convertí, de un día para otro, en alguien invisible. ¿La razón? Ya no era «interesante»
Fue un golpe duro. No por el orgullo, aunque también duele, sino porque te hace replantarte muchas cosas. Te obliga a mirar atrás y preguntarte: ¿Cuántas de esas relaciones eran genuinas? ¿Cuántos realmente valoraban quién soy y no lo que tenía o representaba en ese momento?
Lo peor no era la soledad. Era la decepción. Duele mucho más darte cuenta de que quien te decía “cuenta conmigo” no estaba dispuesto a responder cuando realmente lo necesitabas. Fue como caer en un agujero oscuro en el que no solo luchas por salir, sino también por reconstruir tu confianza en los demás.
Nunca olvides a lo que si estarán
Pero, ¿sabéis qué? También aprenderé una gran lección en esos años. La crisis, con todo su sufrimiento, fue una criba que me permitió separar el grano de la paja. Me enseñó a valorar a esas pocas personas que sí estaban ahí, cuando todo se desmoronaba. Porque, aunque eran muy pocas, esas personas brillaban como faros en medio de la tormenta.
Hoy, con el paso de los años, miro atrás con una mezcla de amargura y gratitud. Amargura, porque esas heridas nunca desaparecen del todo. Gratitud, porque ahora sé que las crisis no solo destruyen, también construyen. Construyen carácter, sabiduría y, sobre todo, una visión más clara de quién está contigo por lo que eres y no por lo que tienes.
Si tú, que me lees, alguna vez te has sentido así, quiero decirte algo: no te quedes con el dolor. Agradece lo aprendido y sigue adelante. Porque esas experiencias, aunque duras, son las que realmente nos transforman.
¡Se me tecnologizan!
