Sin chisme no hay civilización.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre como el chisme es una necesidad evolutiva, publicado el 24 de julio de 2025.
El cotilleo como acicate social tiene sentido en una sociedad meritocrática. Saber quién cumple y quién engaña, quién aporta y quién estorba, quién merece y quién se esconde, no es un juego de pasillo: es una cuestión de justicia operativa.
¡Ey, tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Leyendo un poco de todo, como suelo hacer en mis ratos de navegación entre datos, historias y teorías, me topé con un artículo de la BBC que plantea algo tan provocador como sugerente: que el chisme es una necesidad evolutiva, una herramienta social que ha permitido la supervivencia y cohesión de los grupos humanos desde los albores de la especie. No es un vicio moderno ni una debilidad del carácter, sino un mecanismo sofisticado para controlar el entorno social. Y eso, cuando se piensa en serio, tiene mucha más miga de lo que parece.
El artículo recoge investigaciones que comparan el chisme con el acicalamiento de los primates: una forma de crear alianzas, establecer jerarquías y prevenir conflictos. Lo interesante es que esa comparación no resulta descabellada en absoluto. De hecho, si uno ha vivido en una empresa, un club, una comunidad de vecinos o una familia numerosa, sabe perfectamente que el intercambio de información “no oficial” es parte del sistema. El problema no es el chisme en sí, sino el uso que se le da.
Desde nuestras convicciones, esto no puede despacharse con moralina. Hay chismes que salvan proyectos y otros que hunden reputaciones injustamente. Hay comentarios que alertan sobre incompetencias encubiertas, y otros que solo buscan destruir lo que brilla. Lo que separa una cosa de la otra es la intención, la lealtad y la veracidad. Porque sí: la lealtad no significa callar lo que importa, sino hablar cuando toca, a quien toca, y con datos.
El cotilleo como acicate social
El cotilleo como acicate social tiene sentido en una sociedad meritocrática. Saber quién cumple y quién engaña, quién aporta y quién estorba, quién merece y quién se esconde, no es un juego de pasillo: es una cuestión de justicia operativa. Eso sí, en la era de la viralidad y el linchamiento express, el chisme ha mutado. Ya no se transmite de boca en boca, sino de dedo en dedo. Y eso lo convierte en un arma de doble filo, amplificada por algoritmos que no distinguen intención ni contexto.
No vamos a caer en el simplismo de “no hables de los demás”. Esa frase, tan popular como hipócrita, niega lo evidente: hablamos de los demás porque nos importan, porque nos afectan, porque convivimos. La clave es si lo hacemos con criterio o con saña. Si buscamos comprender o simplemente destruir. Si somos transmisores de señales útiles o simples altavoces de miserias.
Así que no, no condeno el chisme. Lo observo. Lo analizo. Lo uso, si es necesario, como radar social. Pero con cuidado. Porque una sociedad que no distingue entre alerta y calumnia está condenada al ruido. Y la nuestra, entre redes, titulares y pseudointelectuales de plató, ya va bastante cargada.
Tal vez el chisme no sea el enemigo. Tal vez solo necesitemos devolverle su función original: ayudarnos a vivir juntos, no a devorarnos. Porque al final, si quitamos todo lo accesorio, seguimos siendo monos con WiFi.
¡Se me tecnologizan!
