Ferran Torres, del suelo al cielo.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre cómo se reconstruyó Ferran Torres después de una depresión provocada por la presión mediática, publicado el 24 de julio de 2026.
El gol que dio a España un Mundial es solo el final de una historia mucho más profunda: la de un deportista que tuvo que reconstruirse tras una depresión provocada, en parte, por la presión y las críticas. ¿Cuál es el coste emocional que también soportan emprendedores y empresarios, obligados a convivir con la envidia, el juicio permanente y la necesidad de seguir adelante incluso cuando nadie parece creer en ellos?
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
El domingo pasado, en el minuto 106 de la prórroga de una final de Mundial, un chaval de Foios llamado Ferran Torres recibió un centro de Nico Williams y definió de pierna izquierda para darle a España su segunda estrella. Un gol que ya es historia. Pero lo que a mí me interesa contaros hoy no es el gol. Es lo que hubo antes del gol. Porque ese tiro a la red no lo dio un futbolista con suerte. Lo dio un hombre que hace no tanto tiempo se acostaba cada noche pensando que la única parte buena del día era tomarse la pastilla e irse a dormir.
Torres lo ha contado él mismo, sin filtros: «Perdí las ganas de vivir. Abrazaba a mi esposa, pero era como abrazar una almohada. No sientes nada.» No es una frase de vestuario. Es la descripción exacta de una depresión clínica, provocada, según sus propias palabras, por algo que en este país manejamos con una alegría criminal: las críticas de las redes sociales. «Todos me criticaban, me afectó y perdí las ganas», ha dicho estos días.
Contrató a un psicólogo deportivo, José Ángel Caperán, y empezó a reconstruirse pieza a pieza. Hoy tiene tatuado en el tobillo, junto a su hermana, un ancla con una frase que debería colgar en la pared de cualquier despacho de este país: «I refuse to sink». Me niego a hundirme. Y aquí es donde quiero llevaros, Tecnófilos, porque esto no va de fútbol. Va de vosotros. Va del autónomo que monta su negocio y en la primera cena familiar ya tiene al cuñado explicándole por qué va a fracasar. Va del empresario que factura bien un año y de repente descubre que en el pueblo ya no se habla de su mérito, sino de su suerte, de sus «enchufes», de lo «que se cree ahora».
España es, lo llevo diciendo años, el país donde el éxito ajeno se vive como una ofensa personal. No lo digo yo solo: lo confirma cualquiera que haya montado algo desde cero y haya visto cómo, según crece, en lugar de aplausos empieza a recibir dardos. Aquí no se pregunta «¿cómo lo has conseguido?». Se pregunta «¿y éste quién se ha creído que es?».
Ferran Torres jugaba con la camiseta de la selección y aun así el veneno le llegaba por cada esquina de una pantalla. Imaginad lo que le llega, sin cámaras ni focos ni psicólogo deportivo pagado por el club, al empresario de una pyme gallega que decide invertir en digitalizar su negocio, en meterle tecnología a su almacén, en salir a vender fuera de su comarca. No tiene equipo de comunicación. No tiene gabinete de prensa que le proteja. Tiene, como mucho, un grupo de WhatsApp del pueblo donde alguien ya ha decidido que «se lo tiene muy creído». Y aun así, como Ferran, tiene que seguir entrenando. Seguir invirtiendo. Seguir tomando decisiones un lunes cualquiera, aunque el sábado le hayan destrozado.
En el Road Show que llevamos meses haciendo por toda España con el PMA RAPTOR 102, junto a Lyss y Alicia, me he encontrado con decenas de autónomos y empresarios que me cuentan exactamente esto, con otras palabras pero el mismo fondo: «Ferri, aquí si te va bien, te lo hacen pagar.» Y yo les digo siempre lo mismo que hoy os digo a vosotros: la envidia no es una opinión, es un impuesto emocional que paga quien se atreve a construir algo. Y como todo impuesto, hay que aprender a presupuestarlo, no a que te arruine. Lo interesante del caso Torres, con datos delante y sin adornar el relato, es que la salida no fue «aguantar solo y callar», que es lo que hacemos la mayoría de empresarios de este país por orgullo mal entendido. La salida fue pedir ayuda, ponerle nombre al problema, y volver a currar con un plan. Él mismo lo resume ahora con una frase que debería ser mantra de cualquier emprendedor: «Todo lo que expresa o puede contaminar no lo leo, ni le doy importancia porque no me va a provocar nada en mi vida.» Eso no es indiferencia. Eso es gestión. Es dejar de medir tu valor por el comentario del que nunca ha arriesgado un euro propio ni ha firmado un aval personal en su vida.
Vamos a intentar aprender algo: la perseverancia no es una virtud bonita para una charla motivacional. Es una competencia técnica, como saber leer un balance o negociar con un proveedor. Se entrena, se cuida, y a veces necesita ayuda profesional, igual que necesitáis un buen asesor fiscal o un buen ingeniero. El «suelo» de Ferran Torres no lo tapó nadie de fuera. Lo tapó él, con trabajo, con terapia y con la cabeza fría para no dejar que el ruido de gente que nunca ha estado en el campo decidiera si él merecía seguir jugando. Al empresario español que hoy me lea con el negocio a medio gas, con la moral tocada porque en su entorno más cercano nadie celebra lo que ha construido, le digo lo mismo que el tatuaje del Tiburón: negaos a hundiros.
El gol siempre llega más tarde de lo que uno querría, casi siempre en la prórroga, y casi nunca lo ve venir el que estaba en la grada criticando.
¡Se me tecnologizan!
