Hace unos días leía en prensa un artículo de Ernesto S. Pombo titulado “Unos gárrulos deciden nuestras vidas”.
España presume de grandes cifras empresariales mientras ignora la paradoja que esconden: confundir facturación con mérito y tamaño con creación de valor.
Cien hormigas rojas, cien hormigas negras, un jarrón de cristal. Quietud absoluta. Nadie pelea. Nadie muere. Todo en orden. Hasta que alguien sacude el jarrón.
El autónomo no es que no enferme. Es que no puede parar. Porque cuando un trabajador por cuenta propia cae de baja, el sistema no le suspende la vida.
Mientras Europa presume de tapones cosidos, China conquista el mercado global del coche eléctrico. No es un despiste.
España lleva un tiempo funcionando como si fuese una práctica de laboratorio mal supervisada.
España ha instaurado sin referéndum un nuevo régimen: la mediocracia, donde el talento molesta, la excelencia se castiga y el mérito se sospecha.
China es un depredador económico que afila sus dientes, Europa sigue cultivando su huerto de confort y EE UU está cada vez más polarizado.
Hubo una generación que no necesitó coaches, ni terapias de TikTok, ni manuales de autoayuda. Una generación que aprendió la resiliencia no en conferencias motivacionales, sino en la calle.
No sé si lo mío es un pecado o una bendición, pero lo confieso: soy liberal. Creo en menos Estado y más sector privado.









