Cae la noche en casa de un radioaficionado.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la vida de un radioaficionado, publicado el 30 de noviembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Cae la noche en casa de un radioaficionado. Cae la noche en casa de un prepper.
Las luces se encienden en la terraza, pero en lo alto de las torres lo que se ilumina son las antenas, guardianas de un cielo que aún guarda secretos. Afino el oído, ajusto el dial. El silencio se rompe con chasquidos, portadoras lejanas, murmullos digitales que pronto se convierten en vidas al otro lado del éter.
Es la hora en que la propagación despierta en las bandas bajas. Los 80 metros se vuelven espesos, íntimos. En 40 surgen voces en idiomas que apenas entiendo, pero que me erizan la piel porque sé que están ahí, compartiendo la misma magia. Y en mi terminal FT8, uno a uno, empiezan a entrar países exóticos como luciérnagas en la pantalla: señales tenues, que el oído no escucharía, pero que la máquina traduce en contacto confirmado.
Ya son más de 25.000 QSO en mi log. He cazado gran parte del mapa, pero aún me faltan esos países esquivos donde los radioaficionados son pocos, vigilados o casi clandestinos. Corea del Norte es la quimera: allí, la radio libre es casi un delito. Y luego están los microestados de África y Asia, islas perdidas, enclaves olvidados. Cada país logrado no es una bandera coleccionada, es un puente tendido.
Y mientras tanto, yo sigo aquí, con la misma ilusión que aquel chaval de 12 años que se estrenó en la Banda Ciudadana de 27 MHz, con aquella estación STARLIGHT. Operador: José. Todavía hoy, hay veteranos que me recuerdan con ese indicativo de juventud: José StarLight. Ya apuntaba maneras: más que hablar, quería conectar. Y esa fiebre, lejos de apagarse, se ha vuelto mi brújula.
Porque la radio no es solo un hobby. Es una forma de estar preparado, de no depender, de no quedar ciego ni sordo cuando todo lo demás falla. Es la esperanza radioeléctrica: un latido invisible que me recuerda que no estamos solos, que siempre hay alguien escuchando, alguien dispuesto a responder un “QRZ” en mitad de la nada.
Cae la noche, sí. Pero en mis antenas comienza un amanecer distinto. El de la propagación, el de la ilusión intacta, el de esa chispa de 12 años que aún me empuja a sentarme frente al equipo y buscar, entre el ruido, la certeza de que hay un mundo al otro lado.
Y mientras quede un país pendiente, un operador remoto, una señal débil a la que agarrarse, yo estaré aquí: cazando horizontes en ondas.
¡Se me tecnologizan!
