Innovación Tecnología
Energía, IA, sostenibilidad

“IA, energía y progreso: ni sostenibilidad ni estupidez”.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la IA, la energía y lo que va a pasar con el elevando consumo energético que requiere, publicado el 24 de octubre de 2026.

El elevado consumo energético de la inteligencia artificial abre un debate entre sostenibilidad y competitividad tecnológica. Frente a quienes defienden una IA más frugal, surge la necesidad de apostar por modelos eficientes, pero también potentes, rentables y capaces de generar riqueza. Europa se enfrenta a una decisión estratégica: liderar la revolución tecnológica o resignarse a depender de quienes sí están dispuestos a desarrollarla..

¡Ey Tecnófilos!

Cada vez que alguien plantea dudas razonables sobre los consumos energéticos de la inteligencia artificial, surge una tensión —natural y necesaria— entre la prudencia y el progreso. Hace unos meses Amparo Alonso, en La Voz de Galicia, publicaba un artículo titulado “¿Inteligencia artificial… y sostenible?” ha vuelto a poner ese péndulo en movimiento.

Desde su cátedra, Alonso alerta del elevado consumo eléctrico y de agua vinculado al entrenamiento de modelos de IA generativa como ChatGPT, y plantea la idea de una “IA frugal”, más contenida y menos glotona. Hasta aquí, bien. Tiene todo el derecho —y seguramente la buena intención— de recordarnos que no hay revolución tecnológica sin huella.

Pero una cosa es eso, y otra es utilizar ese argumento para deslizar una crítica encubierta a la propia evolución de la IA, sin tener en cuenta que estamos en una carrera global hacia un modelo de energía prácticamente ilimitada, descentralizada y ultrabarata, impulsada por tecnologías que ni Europa lidera ni parece querer entender. ¿Sabe esta señora lo que están haciendo en China, en Emiratos o en California?

Mientras ella propone frugalidad —palabra bonita pero ambigua—, Elon Musk anuncia que Starlink tendrá latencias de 20ms, lo cual, en lenguaje llano, significa que en O Courel las vacas podrían tener el mismo acceso a datos que un trader de Wall Street. Eso no es un chiste, es la democratización real del acceso a la IA. Y no se consigue apagando servidores, sino poniéndolos donde hagan falta.

Europa, si sigue por esta vía, solo tendrá dos opciones: regular para impedir competir o resignarse a desaparecer del tablero tecnológico global. Y si vamos de “sostenibles”, más vale que hablemos también de sostenibilidad industrial, geopolítica y laboral. Porque si seguimos legislando desde la cátedra, el laboratorio y el comité ético de turno, otros harán negocio, crearán riqueza, y nosotros pondremos el PowerPoint sobre el cambio climático en el AVE a Bruselas.

Aquí defendemos una IA rentable, ética, humana y potente. Pero no una IA acomplejada. No una IA que pida permiso antes de respirar. Como bien le dije a mi amigo Manolo Penedo, director del CITIC y catedrático de IA en la UDC: “el CITIC no es solo una pista de despegue, es una pista de aterrizaje entre universidad y empresa”. Es en ese aterrizaje donde se paga la fiesta y se pagan las facturas. No con buenismo energético ni frases edulcoradas sobre IA “inclusiva”.

Seamos serios. Lo que está en juego no es solo el consumo de energía de un modelo. Lo que está en juego es si queremos liderar, colaborar o desaparecer. Porque la IA no va a parar, con o sin nosotros. Y si no la construimos, nos la venderán. Con sus sesgos, con sus normas y con su factura.

Por eso, a todos los que defienden una “IA frugal”, yo les digo: sí, pero que no sea una IA cobarde ni recortada. Que sea eficiente, sí. Pero poderosa. Conectada. Aplicada. Con retorno social y económico. Porque si las vacas gallegas van a competir con las de Nueva Zelanda usando IA, más vale que la suya no se caiga por falta de cobertura rural.

¡Se me tecnologizan!

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