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China ostenta dos tercios del mercado del coche eléctrico mientras Europa cose tapones.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la soberanía de China sobre el coche eléctrico y la inactividad ante ello de Europa, publicado el 16 de enero de 2026.

Mientras Europa presume de tapones cosidos, China conquista el mercado global del coche eléctrico. No es un despiste: es el resultado de confundir regulación con innovación y moral con industria. Cuando legislar sustituye a producir, el futuro lo fabrican otros.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Hay imágenes que explican una época mejor que mil informes. La botella con el tapón cosido es una de ellas. Incómoda, inútil, celebrada desde despachos lejanos y sufrida por millones de ciudadanos que no la pidieron. Ese pequeño artefacto es, hoy, el mejor resumen del concepto de innovación de la Unión Europea.

Mientras Bruselas legislaba tapones, China se quedaba con dos tercios del mercado mundial del vehículo eléctrico. Dos tercios. No una ventaja coyuntural, no una moda. Dominio industrial, tecnológico y comercial. Y no ha pasado por accidente.

Europa llega tarde al coche eléctrico, sí. Pero conviene decirlo bien claro: no llega tarde, decidió llegar tarde. Porque llegar a tiempo implicaba asumir costes políticos, incomodar a burócratas y entender que la industria no se gestiona con consignas morales sino con realidades físicas: minas, fábricas, energía, logística y capital.

Aquí se hizo lo contrario. Se demonizó el motor térmico antes de tener alternativa industrial propia. Se impusieron calendarios irreales. Se cargó de costes regulatorios al fabricante europeo mientras se abría la alfombra roja al coche chino subvencionado. Y todo ello envuelto en un discurso moralizante que trataba al consumidor como un niño díscolo al que hay que educar.

China, en cambio, no educó a nadie. Produjo. Controló materias primas, invirtió en baterías, escaló fabricación, bajó costes y aprendió rápido. Capitalismo duro y sin complejos. Resultado: hoy vende más coches eléctricos que nadie y, lo que es peor para Europa, empieza a hacerlo mejor y más barato.

Aquí celebramos el tapón cosido.

Ese es el drama. La UE ha confundido regulación con innovación, norma con progreso. Ha creído que añadir complejidad administrativa era equivalente a hacer I+D. Y no. Eso es ruido. La innovación real es incómoda, cara y exige tiempo. Pero genera empleo, soberanía y riqueza. La otra solo genera titulares y cabreo ciudadano.

La automoción europea no era un sector cualquiera. Era uno de los pocos ámbitos donde aún jugábamos en primera división. Ingeniería, cadena de proveedores, exportaciones, empleo cualificado. 

Y no, esto no va de negar el coche eléctrico. Va de entender que sin industria propia, el coche eléctrico es dependencia. Va de comprender que una transición energética sin competitividad es una fantasía cara. Va de asumir que el ciudadano no es idiota y no compra coches que no puede pagar ni usar con normalidad.

Vamos a intentar aprender algo: la industria no se empuja a base de prohibiciones, se construye con incentivos, inversión y sentido común. Todo lo demás es propaganda.

Los datos ya no admiten discusión. China controla dos tercios del mercado mundial del vehículo eléctrico. Europa controla… la normativa del tapón. Uno decide el futuro de la movilidad. El otro decide cómo beber agua.

Aún estamos a tiempo de corregir el rumbo, pero no con más burocracia ni más ingeniería social. Hace falta respeto por el trabajo productivo, por el ingeniero, por el empresario que arriesga y por el consumidor que paga.

Porque sin industria no hay transición verde. Sin competitividad no hay bienestar. Y sin realidad, solo queda el tapón cosido.

¡Se me tecnologizan!

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