Palantir: la distopía ya está aquí y no hace falta ningún chip en la nuca.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre Palantir y su arquitectura de control, vigilancia y manipulación , publicado el 21 de noviembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Lo de Palantir no es una novela de Orwell ni un capítulo perdido de Black Mirror. Es real, tangible y perfectamente documentado. Detrás de su fachada de empresa tecnológica antiterrorista se oculta una arquitectura de control, vigilancia y manipulación de masas a escala planetaria. Y el cerebro tras este tinglado no es otro que Peter Thiel, ese personaje que se mueve entre Silicon Valley y Mordor con la misma soltura con la que tú y yo pasamos de Chrome a WhatsApp.
De la promesa libertaria al Leviatán digital
Palantir nace en los albores del siglo XXI como una respuesta post-11S. Financiada por la CIA y por Thiel a través de su fondo Founders Fund, prometía ser una herramienta para preservar las libertades civiles. Spoiler: no lo fue. Se ha convertido en todo lo contrario. Automatiza la guerra, vigila ciudadanos en tiempo real y ejecuta objetivos con una eficacia quirúrgica… y deshumanizada.
Algoritmos que matan, soldados que obedecen
En Gaza, Palantir ha desplegado Lavender y Hapsora, sistemas de IA que identifican potenciales amenazas palestinas en cuestión de segundos. Lavender asigna puntuaciones del 1 al 100 sobre la “peligrosidad” de un individuo. 37.000 marcados. Un 10% de margen de error. Esto significa que 1 de cada 10 personas ejecutadas por estos sistemas podría ser inocente. Pero eh, “lo dijo el robot”.
Este fenómeno tiene nombre: mathwashing. Es la forma moderna de lavarse las manos. Ya no hace falta un Poncio Pilato: basta con un algoritmo. No hay responsabilidad, no hay ética, solo eficiencia matemática. La máquina decide, tú solo aprietas el gatillo. El human in the loop (humano en el circuito de decisión) ya no existe, o solo está para firmar el parte.
El sueño de Thiel: manipular la realidad con datos
Peter Thiel cree que la democracia es incompatible con la libertad. Así, sin filtros. Cree en un modelo elitista, donde los datos sustituyen el debate, y el poder no se negocia, se impone. Por eso no necesita ganar elecciones: le basta con crear las herramientas para dirigir el mundo desde la sombra. Y si hace falta montar una guerra para justificar su narrativa, lo hace.
Thiel ha invertido en:
- PayPal: para romper el monopolio del dinero fiat.
- Facebook: para crear una comunidad digital adicta.
- SpaceX: para escapar del planeta si las cosas se tuercen.
- Palantir: para vigilar, controlar, eliminar.
Y no, no es conspiranoia. Es estrategia. Él mismo lo dice: “el que controla los datos, controla el relato”. Y Palantir controla los datos. Y tú y yo… estamos en su relato.
De la guerra a la Hacienda: el brazo largo del algoritmo
Palantir no solo sirve para matar desde un dron. También trabaja con el IRS, la Agencia Tributaria estadounidense. Control fiscal, detección de fraude, persecución de “sospechosos”. ¿Te suena a modelo chino? Pues sí, con un barniz libertario. Porque Thiel odia el Estado… salvo cuando le paga contratos multimillonarios.
Su software Gotham, usado por la NSA desde 2008, no ha sido desmantelado como en El Caballero Oscuro. Al contrario: sigue más vivo que nunca, alimentado por leyes como el reciente One Beautiful Bill Act, que inyecta 150.000 millones de dólares a defensa e IA, y que, aunque no nombra a Palantir, huele a contrato blindado para sus sistemas de vigilancia predictiva, drones y armamento algorítmico.
La ironía final: Thiel como Anticristo tecnológico
Thiel teme al “Anticristo”, al que define como todo aquello que frena el avance tecnológico. Pero en su cruzada para destruirlo, se está convirtiendo en él. Su Palantir, como en El Señor de los Anillos, ofrece visiones reales, sí, pero incompletas. El resultado: decisiones erróneas, manipulaciones masivas, asesinatos justificados por probabilidades.
Y si esto no te da miedo, quizá deberías releer 1984. O mirar alrededor. Porque ya no hace falta un chip en la nuca. Basta con tener una app en el bolsillo.
¡Se me tecnologizan!
