Oxford, Zúrich, Tsinghua… y España en ningún sitio.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre las universidades de España y cómo se alejan de las mejores del mundo por falta de inversión en desarrollo e I+D , publicado el 12 de agosto de 2026.
En España seguimos discutiendo si el mérito debe pesar más que la antigüedad en la carrera académica, si hay que becar la excelencia investigadora o repartir presupuesto por igual entre facultades sin exigir resultados, y mientras tanto Corea del Sur multiplica por tres nuestra inversión relativa y China coloca cinco universidades entre las 40 mejores del planeta.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Esta semana me ha caído en las manos una infografía de Visual Capitalist con el top 100 de universidades del mundo fuera de Estados Unidos, según el ranking Times Higher Education 2025. Oxford, Cambridge, ETH Zúrich, Tsinghua, Imperial College, KAIST… un desfile de instituciones que llevan décadas compitiendo por talento, patentes y financiación global.
He mirado la lista de arriba a abajo. Dos veces. España no aparece ni una sola vez.
Y no es un despiste del infografista. Lo he verificado en la fuente original. La mejor universidad española en el ranking mundial completo de Times Higher Education es la Universidad de Barcelona, que ocupa el puesto 149 a nivel global. Le siguen la Pompeu Fabra (176) y la Autónoma de Barcelona (199). Son las tres únicas españolas que entran en el top 200 mundial, y las tres son catalanas. El resto —Complutense, Autónoma de Madrid, Valencia, Navarra— aparece a partir del puesto 250 en adelante, muchas de ellas más allá del 500.
Aquí es donde toca el dato mata al relato. Porque el relato oficial es bonito: España cuenta con 59 universidades en un ranking que incluye más de 2.000 instituciones de 115 países, y eso suena a sistema universitario robusto. Pero estar presente no es lo mismo que ser competitivo. Y cuando comparamos con quién nos jugamos el partido de verdad —China con cinco universidades entre las 40 primeras del mundo, Singapur, Corea del Sur, Suiza— el marcador es demoledor.
¿Por qué pasa esto? Porque lo que no se mide no se controla, y llevamos años sin poner el dinero donde ponemos la boca. España invirtió en 2024 un 1,5% de su PIB en I+D, según el INE. Es un máximo histórico, sí, y hay que reconocerlo: crecimos un 6,9% en un solo año, casi el doble que la media europea. Pero la media de la Unión Europea está en el 2,26% del PIB, y países como Suecia, Austria o Alemania superan el 3%. Corea del Sur, que compite con nosotros en ninguna liga porque juega en otra categoría, invierte casi el 5% de su PIB en I+D.
Hay un dato que me parece el más brutal de todos: para que España alcance el objetivo del 2,12% del PIB marcado por su propia Estrategia de I+D+I para 2027, necesitaría encadenar tres años de crecimiento anual del 17,8%. Estamos creciendo al 6,9%. No hace falta ser ingeniero para ver que esa cuenta no sale con la trayectoria actual.
Y ojo, que esto no es solo un problema de ranking universitario para presumir en un pódium.
Las universidades que lideran estas listas son las que generan las patentes, las spin-offs, los doctorandos que luego montan empresas de base tecnológica y los convenios de transferencia con la industria que sostienen la competitividad de un país durante las próximas tres décadas. Si tu universidad no está en el mapa de investigación mundial, tu país tampoco lo estará en el mapa de la innovación aplicada. Es causa y consecuencia.
Aquí me van a permitir la parte incómoda, la que toca porque hay que decirla aunque no guste: en España seguimos discutiendo si el mérito debe pesar más que la antigüedad en la carrera académica, si hay que becar la excelencia investigadora o repartir presupuesto por igual entre facultades sin exigir resultados, y mientras tanto Corea del Sur multiplica por tres nuestra inversión relativa y China coloca cinco universidades entre las 40 mejores del planeta. La mediocracia no es solo un problema de empresa privada. Empieza en la universidad, donde se forma el talento que luego —o se queda, o se va a montar su proyecto a Múnich, Zúrich o Londres.
No se trata de deprimirse con el dato, se trata de usarlo. Las empresas y las administraciones que quieran competir de verdad tienen que entender que la inversión en conocimiento —propio, en I+D interno, en colaboración con centros investigadores— no es un gasto de imagen. Es la única palanca que nos saca de este puesto 149 y nos sube al mapa.
Vamos a intentar aprender algo: los rankings no mienten, y los que no aparecen en ellos tampoco están libres de las consecuencias de no aparecer.
¡Se me tecnologizan!
