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Estrés y estilo de vida que casi te cuestan la vida

Llegas a plantearte qué pinto yo en este mundo.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre su etapa de sobrepeso y estrés continuo que casi le cuesta la vida, publicado el 12 de abril de 2026.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Hay una etapa de mi vida que no fue bonita. Tampoco fue épica. Fue dura, larga y, sobre todo, silenciosa.

Llegué a pesar 252 kilos.

Y no, no llegué ahí por comer más. Eso es lo fácil de decir cuando miras desde fuera y no tienes ni idea de lo que hay detrás.

Vamos a intentar aprender algo.

Yo era empresario. Y eso, en tiempos normales, ya aprieta. Pero me tocó vivir la crisis de 2008 desde dentro. Y no fueron dos años malos. Fueron casi diez años peleando cada mes.

Ventas cayendo. Clientes desapareciendo. Deudas creciendo. Responsabilidad total. No había red.

Eso no es estrés puntual. Es vivir en alerta constante. Es levantarte y acostarte con la misma presión en el pecho.

El cortisol por las nubes.

Y el cuerpo responde. Siempre responde.

Empiezas a comer peor. No por gula, sino por desgaste. Porque necesitas apagar el ruido. Porque no tienes energía para pensar en otra cosa.

Luego está el descanso. O mejor dicho, la falta de él.

Apnea del sueño.

Me acostaba… pero no descansaba. Me levantaba cansado. Todos los días. Como si no hubiera dormido. Años así.

Y cuando estás así, no decides bien. No te mueves. No te cuidas.

Entras en un bucle.

Cansancio → sedentarismo → peor alimentación → más peso → más cansancio.

Y vuelta a empezar.

Además, dejé de fumar.

Y ojo, que fue una de las mejores decisiones de mi vida. El año que viene hago 20 años sin fumar. Pero en aquel momento, el cuerpo necesitaba sustituir ese hábito.

¿Y qué hizo? Comer.

Resultado: 50 kilos más.

No fue debilidad. Fue sistema.

A eso súmale la familia. Que es lo mejor que tengo, pero también implica responsabilidad. Y cuando tú estás al límite, sostener todo cuesta más.

Te dejas para el final. Siempre.

Y mientras tanto, la gente.

Aquí es donde uno aprende lo que es la crueldad real. No la de película. La cotidiana.

El chiste fácil. La burla. La preguntita de turno: “¿cuánto pesas?”

Las miradas.

Eso no falla.

Entras en un sitio y sabes lo que hay. No hace falta que nadie diga nada. Lo notas. Te conviertes en espectáculo.

Un mono de feria.

Y eso, con el tiempo, te va desgastando. No por un comentario concreto. Por la suma de todos.

Te duele el alma.

Porque no es solo lo que ves en el espejo. Es cómo te devuelve el mundo esa imagen.

Luego están las cosas prácticas. Las que no salen en ninguna conversación.

No poder sentarte en cualquier silla. Dudar antes de subir a un transporte público. Medir espacios constantemente.

Vivir adaptándote.

Y con el cansancio siempre presente. Ese es el verdadero enemigo.

Porque cuando estás cansado de verdad, no haces planes. Sobrevives.

Y ahí es cuando aparece la pregunta.

Sin drama. Sin teatro.

Qué pinto yo en este mundo.

Nunca se me pasó por la cabeza acabar con mi vida. Nunca. Pero entiendo perfectamente que haya gente que llegue a planteárselo. Cuando todo aprieta a la vez, no es difícil perder perspectiva.

A mí me salvaron dos cosas.

Mi familia.

Y mi fuerza de voluntad.

Mi ilusión, incluso en los peores momentos.

Porque aunque todo estuviera mal, había algo dentro que no se apagaba del todo. Algo que decía “aguanta”.

Y aguanté.

También tengo claro algo: probablemente no habría llegado a ese peso si no hubiera sido empresario en ese contexto. La presión no era normal. La situación no era normal.

Pero hay más.

En medio de todo eso, tuve un socio. Y no era un socio cualquiera.

Era el manual completo de la triada oscura: psicópata, maquiavélico y narcisista.

Un psicópata empresarial, de los que no sienten culpa. Maquiavélico, de los que calculan cada movimiento. Narcisista, de los que se creen por encima de todo y de todos.

La combinación perfecta para hacer daño sin pestañear.

Y cuando yo estaba en uno de mis peores momentos, hizo exactamente eso.

Aprovechó mi debilidad. Jugó sus cartas. Me traicionó. Me dejó al pie de los caballos.

Sin ruido. Sin escrúpulos.

Y eso no es solo un golpe profesional. Eso te rompe por dentro. Porque cuando ya estás al límite, una traición así no suma… te remata.

Te deja tocado. Desconfiado. Más hundido.

Pero también te enseña algo que no se olvida: la lealtad es escasa. Y cuando la encuentras, vale más que cualquier contrato.

Y en medio de todo ese caos, hubo un aviso serio.

Viajando a Madrid.

Me quedé dormido al volante.

No fue un susto pequeño. Estuve a punto de matarme. Así, sin más.

Víctima directa del cansancio acumulado. De no descansar por las noches. De la apnea. De años durmiendo mal y viviendo peor.

Ese momento te pone delante de la realidad sin filtros.

No es teoría. No es salud a largo plazo. Es que te puedes matar hoy.

Y aún así, ni siquiera eso cambia las cosas de un día para otro. Porque cuando estás dentro del bucle, todo cuesta el doble.

Pero deja huella.

Y en medio de todo eso, había un deseo muy simple. Muy básico.

Pasar desapercibido.

Nada más.

No destacar. No llamar la atención. No ser el centro de ninguna mirada. Poder entrar en un sitio sin notar ese silencio raro, esa evaluación automática.

Ser uno más.

Eso era todo.

Y es curioso, porque cuando estás en ese extremo, ese objetivo tan sencillo parece inalcanzable. Algo casi de lujo.

Hoy, sin embargo, es de las cosas que más valoro.

Poder sentarme sin pensar. Poder viajar sin calcular espacios. Poder entrar en cualquier sitio sin sentir que estoy siendo observado.

Poder vivir sin ruido.

Eso no tiene precio.

Eso explica, no justifica.

Porque llega un momento en el que entiendes todo lo que te ha llevado hasta ahí… y decides que no quieres seguir.

No con grandes gestos. Con decisiones pequeñas.

Moverme un poco más. Comer un poco mejor. Intentar dormir mejor.

Sin épica. Sin historias.

Y poco a poco, el bucle cambia.

Un poco más de energía. Un poco más de control.

Y un día te das cuenta de que ya no estás donde estabas.

No solo físicamente. Mentalmente.

Dejas de sentirte fuera de tu vida.

Dejas de ser el que aguanta y pasas a ser el que decide.

Y entonces aquella pregunta pierde sentido.

Porque ya no me pregunto qué pinto yo en este mundo.

Ahora lo tengo bastante claro.

Pinto lo que soy capaz de construir con lo que tengo.

Y también, si me apuras, pinto alguien que ha aprendido a valorar lo sencillo.

Pasar desapercibido.

Que, después de todo, era justo lo que siempre quise.

¡Se me tecnologizan!

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