El «ALEADOR»: el fantasma que mueve los labios pero nunca mueve las manos.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el «aleador» esa persona que parece que se mueve pero en realidad no lo hace, publicado el 07 de diciembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Vamos a intentar aprender algo.
Hay un tipo de personaje que abunda en demasiadas empresas, reuniones y hasta grupos de WhatsApp laborales. No es un villano declarado ni un incompetente total. Es más sutil, más resbaladizo. Habla bien, sonríe mucho, aplaude siempre… pero no hace nada. Se llama el Aleador.
El Aleador vive instalado en la ilusión del movimiento. Da la impresión de estar en todo, cuando en realidad no está en nada. Es el primero en levantar la mano para opinar y el último en asumir responsabilidades. Arenga, entusiasma, propone… pero jamás ejecuta. Es el animador de la empresa, el cheerleader del vacío.
Su verbo es su escudo. Habla de “alinear”, de “impulsar”, de “generar sinergias”. Y claro, en un entorno empresarial donde la comunicación y la motivación están sobrevaloradas frente a la acción y la ejecución, el Aleador encuentra terreno fértil. Durante un tiempo incluso parece útil. Su entusiasmo contagia… hasta que descubres que detrás del entusiasmo no hay nada más que humo.
En la práctica, el Aleador actúa como un narcótico organizativo: no mata, pero adormece. Te hace creer que el equipo se mueve, cuando en realidad sólo vibra el aire. Su presencia genera una falsa sensación de avance. Y lo peor: acaba contaminando a los que sí producen. Porque cuando el ruido sustituye al resultado, los que realmente tiran del carro se cansan.
El Aleador no busca logros; busca aplausos. Su combustible no es el trabajo bien hecho, sino el reconocimiento fácil. Vive pendiente de “ser visible”, no de “ser útil”. Por eso le encanta participar en todas las reuniones, aunque no tenga nada que decir. En los proyectos, siempre tiene una excusa perfecta: “yo ya lo había comentado”, “eso lo propuse hace tiempo” o mi favorita: “estábamos en ello”.
El Aleador no asume riesgos porque sabe que el que ejecuta, se equivoca. Y el que se equivoca, deja de parecer infalible. Por eso prefiere refugiarse en la niebla del comentario. Sabe que nadie puede medir lo que no se concreta. Y mientras tanto, sigue escalando. En demasiadas empresas, la palabrería disfrazada de liderazgo se premia más que la eficacia silenciosa.
Desde una perspectiva empresarial, el Aleador es el síntoma más claro de un entorno enfermo de Mediocracia. Un sistema donde importa más parecer activo que serlo, más hablar que hacer, más opinar que decidir. La Mediocracia no necesita villanos: sólo Aleadores que mantengan el ruido suficiente para que nadie se dé cuenta de que nada cambia.
La cura es simple, aunque incómoda: mide todo. Porque los datos no mienten. El KPI es la némesis del Aleador. Cuando lo enfrentas a cifras, entregas y resultados, se desinfla. Su retórica se convierte en un eco hueco. No hay lugar donde esconderse cuando la realidad se mide en resultados.
Las empresas que prosperan no son las que más hablan, sino las que más hacen. Las que saben distinguir entre actividad y progreso. Porque mover los labios no es mover la empresa.
Y tú, que lees esto, hazte una pregunta incómoda: ¿Tienes algún Aleador en tu equipo… o peor aún, te estás convirtiendo en uno?
¡Se me tecnologizan!
