LAS BASES FILOSÓFICAS DEL MELASUDISMO.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la «orden» que ha fundado el autor llamada Melasudismo, publicado el 18 de enero de 2026.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Ocurrió hace unos días, y lejos de diluirse, ha ido ganando cuerpo, poso y conversación. Señal inequívoca de que aquello no fue una anécdota ni una comida con pretensiones. Lo que pasó en Casa Aurelio fue una confirmación en diferido. De las buenas. De las que no necesitan fuegos artificiales porque siguen resonando cuando el ruido ya se ha ido.
No fue una comida. Fue una ratificación.
La Orden Melasudista sus orígenes
La Orden Melasudista había nacido en octubre. Eso ya lo sabíamos. Pero hacía falta algo más que un acta fundacional y cuatro risas bien traídas. Hacía falta continuidad. Repetición. Volver a sentarse. Mirarse otra vez a los ojos y comprobar que nadie estaba allí por inercia.
Y ocurrió.
Doce nuevos caballeros y tres damas fueron investidos en una filosofía de vida que no entiende de medias tintas ni de entusiasmo impostado. Aquí no se entra para “ver qué tal”. Aquí se entra cuando ya has vivido lo suficiente como para saber qué no quieres volver a tolerar.
Vamos a intentar aprender algo.
Qué es el melasudismo
El melasudismo no es una pose ni una boutade simpática para redes sociales. Es una actitud profundamente adulta ante la vida. Tiene mucho de estoicismo bien entendido y nada de pasotismo barato. No va de que todo te dé igual. Va de que solo te importe lo que de verdad importa.
Eso, en estos tiempos de indignación permanente y ofensa por encargo, es casi subversivo.
Decir “me la suda” no es huir del mundo, es ponerle puertas. Es elegir dónde gastas tu energía, tu tiempo y tu lealtad. Es asumir que no todo merece respuesta, que no toda opinión merece atención y que no todo conflicto merece tu desgaste emocional.
El melasudismo aparece cuando dejas de fingir entusiasmo. Fingir por quedar bien. Fingir por encajar. Fingir por no incomodar. Y eso solo lo hace quien ya ha trabajado, se ha equivocado, ha pagado nóminas, ha perdido dinero o amigos, y ha aprendido que la vida no premia al más correcto, sino al más coherente.
Por eso la ceremonia tuvo solemnidad. Y vino. Porque aquí no somos puritanos ni ascetas de pacotilla. La solemnidad no está reñida con decirse las cosas a la cara. Al contrario. Se refuerzan.
Hubo semblanzas. Interrogatorios absurdamente serios. Preguntas sin escapatoria.
¿Prometes decir “me la suda” más de tres veces por reunión? ¿Asumes que tus errores serán recordados con cariño durante años? ¿Sabes que una vez dentro, desaparecer sin avisar está mal visto?
La respuesta fue unánime, y honesta: no tengo alternativa.
Porque el melasudismo no se elige. Te alcanza. Cuando ya no necesitas aparentar nada. Cuando ya sabes quién eres, con quién cuentas y a quién no le debes ni una explicación más.
Aquí no venimos a cambiar el mundo. Eso lo dejamos para los que todavía creen que los manifiestos arreglan algo. Aquí venimos a resistirlo juntos. A crear un espacio donde se puede pensar distinto sin pedir perdón, decir verdades incómodas sin edulcorarlas y reírse —mucho— de uno mismo.
Afouteza. Lealtad. Memoles.
Tres pilares que no caben en un PowerPoint pero sostienen cualquier proyecto humano que aspire a durar.
La Orden sigue. No porque lo diga un acta, sino porque hay continuidad, conversación y ganas de volver a verse. Y eso, hoy, es más raro de lo que parece.
Ahora dime tú, sin rodeos: ¿esto te da curiosidad… o te incomoda?
Ambas respuestas son perfectamente válidas. La indiferencia, no.
¡Se me tecnologizan!
