Venezuela: cuando todo falla, aún queda lo esencial.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la situación de Venezuela, publicado el 11 de enero de 2026.
Venezuela no atraviesa una crisis coyuntural, sino una fractura profunda de sus bases económicas y sociales. Cuando el trabajo deja de ser un camino de progreso y los incentivos desaparecen, un país entra en modo supervivencia. Analizar ese colapso sin eufemismos es el primer paso para entender si aún queda margen para la reconstrucción.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Venezuela no está mal. Está rota. Y conviene decirlo así, sin eufemismos ni anestesia moral. Rota en lo económico, en lo institucional y, lo más grave, en la confianza. Cuando un país pierde la fe en el trabajo como vía de progreso, lo que queda es supervivencia. Y sobrevivir no construye naciones.
Durante años se ha intentado explicar el desastre como si fuera un problema puntual: un mal gobierno, una coyuntura internacional adversa, un bloqueo, una conspiración. Excusas de manual. La realidad es bastante más incómoda: se desmontaron los incentivos, se persiguió el mérito y se sustituyó la productividad por propaganda. El resultado era inevitable.
Venezuela se convirtió en un lugar donde producir era un acto de valentía y ahorrar una temeridad. Donde emprender no era arriesgado, era casi suicida. Y cuando eso ocurre, el capital —financiero y humano— hace lo único sensato: marcharse.
Hasta aquí, ningún optimismo impostado. No toca. El daño es profundo y no se arregla con elecciones simbólicas, comunicados internacionales ni líderes de cartón piedra. Los países no se levantan porque alguien lo desee con suficiente fuerza. Se levantan cuando cambian las reglas del juego.
Vamos a intentar aprender algo.
La historia económica demuestra que incluso los sistemas más cerrados terminan chocando con la realidad. Puedes controlar medios, tribunales y fronteras durante un tiempo. Pero no puedes decretar la prosperidad. Sin producción no hay Estado que aguante, y sin incentivos no hay producción. Es simple, aunque moleste.
Y aquí aparece el único resquicio serio de esperanza. No en la política espectáculo, sino en la gente que sigue funcionando a pesar de todo. La que monta pequeños negocios imposibles, la que arregla lo que no tiene repuesto, la que aprende, se adapta y no espera permiso para ser útil. No salen en titulares, pero sostienen el país en silencio.
Ese tejido es frágil, sí. Pero existe. Y es justo lo que no se puede fabricar de la noche a la mañana. Capital humano endurecido por la realidad, no por discursos. Gente que ha entendido a la fuerza que nadie va a regalar nada y que el único camino es producir valor, aunque sea en condiciones hostiles.
No habrá milagros. No habrá atajos. La reconstrucción —si llega— será lenta, desigual y profundamente imperfecta. Vendrá antes por la economía que por la política. Por espacios de libertad práctica más que por grandes reformas teóricas. Aburrida, poco épica y, precisamente por eso, real.
Desde fuera, especialmente desde Europa, convendría abandonar el paternalismo y el análisis de salón. Menos lecciones morales y más comprensión de cómo funcionan de verdad los incentivos. Ayudar no es aplaudir consignas, es no estorbar a quien quiere trabajar.
Venezuela no está condenada por una maldición histórica. Está pagando decisiones concretas tomadas durante demasiado tiempo. Y lo que se estropea por decisiones humanas solo puede arreglarse del mismo modo. Con trabajo, con reglas y con responsabilidad.
Mientras quede gente dispuesta a levantarse cada mañana y crear algo útil, no todo está perdido. No es una promesa. Es una constatación incómoda para los amantes del fatalismo.
¡Se me tecnologizan!
