¿Dónde estabais cuando dolía de verdad?.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la soledad de emprender sin red, publicado el 02 de diciembre de 2025.
Hay canciones que no solo suenan: despiertan verdades que llevamos tiempo esquivando. Esta reflexión nace de una de ellas, pero también de las cicatrices silenciosas de quienes emprenden sin red. Porque en el mundo del autónomo hay una pregunta que pesa más que cualquier factura: ¿dónde estaban cuando dolía de verdad?
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Hay canciones que no suenan: despiertan. Una de ellas —de un grupo español llamado La Unión— lleva años girando por ahí sin hacer ruido… hasta que un día te roza una cicatriz y entonces entiendes que no habla de música, sino de memoria. Dice algo así como: “¿Dónde estabais… en los malos tiempos?” Y de pronto se enciende la luz. Porque esa pregunta no pertenece a un amor perdido, ni a un desengaño: es la radiografía íntima del autónomo.
Permitidme contar la intrahistoria. Escuchaba esa canción y pensé: “Esto no lo escribió un músico… lo escribió un autónomo sin saberlo”. Porque el autónomo —el auténtico— pasa por etapas que no aparecen en los manuales de gestión ni en los powerpoints institucionales. Etapas silenciosas, solitarias, duras. Donde ni gritando consigue hacerse oír. Donde el banco no descuelga el teléfono. Donde el cliente no responde. Donde el IVA y la cuota no entienden de gripe, ni de noches sin dormir.
Cuando todo va bien…
Cuando el negocio va bien, todo fluye: abundan los cafés espontáneos, los apretones de manos, los “si necesitas algo, ya sabes”. Pero cuando el viento cambia de dirección… el paisaje se vacía. “¿Dónde estabais?“, pregona la canción de La Unión. Y la respuesta suele ser el silencio. Porque existe una fauna especial que se aproxima al calor de la hoguera… pero desaparece cuando la noche arrecia. Los aduladores profesionales, los expertos del abrazo fácil, los que saludan por proximidad a la fama. El autónomo, sin embargo, aprende rápido: la soledad no es una condena, es una prueba de acceso.
La canción dice 130 noches. Todo autónomo podría poner su número particular. Yo quise contar los días en que nadie atendía mis llamadas, los sábados que trabajé sin más compañía que una radio encendida, los domingos que dediqué a rehacer presupuestos mientras otros hablaban de fin de semana. No había focos ni selfies. Había trabajo, dudas y un cansancio que no salía en ninguna red social.
La soledad del emprendedor
¿Dónde estabais entonces?, me pregunté. Y después de un tiempo llegó otra idea, más serena: quizá no hacía falta que estuvierais. Porque esa travesía marcó la diferencia entre tener un negocio… y ser un empresario. No un título, sino una identidad. La de aquel que se levanta sin red. La de aquel que arriesga su capital —y muchas veces su salud— para seguir adelante. No es épica: es realidad.
En este país se habla mucho de autónomos… pero se les escucha poco. Se les menciona en discursos, se les adorna con palabras bienintencionadas, pero pocos conocen lo que significa pagar la cuota los meses duros, o afrontar una inspección mientras se atiende a un cliente, o sostener una nómina cuando las ventas tiemblan. El autónomo no protesta: trabaja. No exige medallas: exige respeto.
Quizá por eso esa canción me golpeó en la sien. Porque somos muchos los que podríamos cantarla con otro ritmo: el del teclado, la furgoneta, el taller o el despacho pequeño. Somos los que hacemos que este país funcione incluso cuando no sale en el telediario. Somos los que sostienen el tablero… aunque no siempre aparezcan en la foto.
Esta reflexión no surge desde el victimismo, sino desde la dignidad. Porque el autónomo no pide rescates: pide que no le suelten la mano justo cuando aprieta el frío. Y sobre todo: pide memoria. Porque quien estuvo cuando dolía, merece estar cuando brille.
Así que permitidme reformular la canción en clave empresarial:
Si no estabais cuando dolía… no vengáis cuando haya luz.
Porque la lealtad —sí, esa palabra tan olvidada— sigue siendo el mejor indicador de futuro.
¡Se me tecnologizan!
