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la muerte nos iguala a todos

La muerte es lo único que nos iguala a todos.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la muerte y por qué nos iguala a todos, publicado el 18 de octubre de 2025.

La muerte no es solo un final biológico; es el espejo que nos obliga a preguntarnos qué demonios estamos haciendo con nuestra existencia. Podemos creernos eternos, pero la muerte no negocia.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Nos pasamos la vida inventando jerarquías, comparándonos, marcando distancias y levantando muros. El dinero, el cargo, el talento, la belleza, la salud… siempre hay algo que, en nuestra mente, nos coloca por encima o por debajo de los demás. Y sin embargo, hay un hecho que derriba todas esas murallas y nos deja desnudos ante la verdad más incómoda: la muerte no negocia, no discrimina y no concede prórrogas.

Podemos creernos eternos porque los problemas cotidianos nos roban el foco. La agenda, los plazos, las reuniones, las discusiones absurdas… todo parece urgente hasta que la vida te recuerda que lo único realmente urgente es vivir. Y no vivir en automático, sino con la intensidad y el propósito que merece un recurso tan limitado como el tiempo.

La muerte no es solo un final biológico; es el espejo que nos obliga a preguntarnos qué demonios estamos haciendo con nuestra existencia. Si hoy fuese tu último día, ¿de verdad seguirías enfadado por una factura mal emitida, atrapado en un trabajo que detestas o guardando silencio ante alguien a quien deberías decirle “te quiero”?

Ahí está el núcleo de la tesis de Francesc Torralba: la vida se engrandece cuando asumimos que no hay repetición. No sabemos cuántos capítulos quedan, así que más nos vale escribir cada uno como si fuese el cierre. Y eso implica dejar de posponer lo esencial.

No se trata de vivir con angustia, sino con lucidez. La conciencia de la muerte no es una condena, es una brújula. Te recuerda que ese viaje pendiente, ese proyecto olvidado o esa reconciliación que aparcas para “cuando haya tiempo” podrían ser ya imposibles mañana.

Podemos seguir jugando al tonto útil de la rutina o aceptar que cada día es una oportunidad no renovable. La muerte nos iguala, sí, pero lo que hacemos con la vida es lo que nos diferencia. Y ahí es donde entra la responsabilidad individual: no dejar que nos vivan, sino vivir.

Porque cuando llegue el final —y llegará— lo único que tendrá sentido no será cuánto duraste, sino qué hiciste con lo que te dieron.

¡Se me tecnologizan!

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