Autónomos: esclavos de su libertad.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre cómo tratan a los autónomos en España, publicado el 07 de julio de 2025.
¡Ey, tecnófilos! ¿qué está pasando por ahí?
Poder conciliar y ser tu propio jefe. Eso es lo que nos venden como ventaja de ser autónomo en España. La portada del Heraldo de Aragón lo titula con un elegante “Luces y sombras”, pero si uno lee con atención los testimonios, no hay mucha luz que digamos.
Cristina, Leticia, Ana y Ricardo no se quejan: resisten, pero lo hacen con una lucidez amarga. La libertad, sí… pero a precio de vértigo. Porque ser autónomo en este país se parece más a una condena voluntaria que a un proyecto de vida. “No quiero subvenciones. Solo quiero que me dejen trabajar”, dice uno de los entrevistados.
Y esa frase sola resume el drama. Leticia, matemática reconvertida en autónoma TIC, confiesa que estuvo a punto de tirar la toalla más de una vez. Cristina abandonó el periodismo tras ser autónoma 10 años porque era insostenible. Ana tuvo que cerrar su peluquería tras 15 años por no poder más. Ricardo, asesor en logística, se mueve en la cuerda floja desde hace años. Y como ellos, millones.
Nos venden que ser autónomo es ser libre. Pero ¿qué libertad es esa que viene acompañada de asfixia fiscal, inseguridad jurídica, papelera administrativa, cero protección y una precariedad estructural que te condena a pagar primero… y cobrar si acaso?
Los testimonios son elocuentes. Todos comparten un mismo diagnóstico: esto no va de talento ni de esfuerzo, va de supervivencia. Porque puedes ser brillante, constante, sacrificado… pero si Hacienda, Seguridad Social y burocracia te pisan la cabeza todos los meses, al final el problema no eres tú: es el sistema.
Vamos a intentar aprender algo.
El problema de fondo no es económico. Es cultural y político.
España castiga al que emprende y premia al que no arriesga.
Mientras en otros países se mima al autónomo porque se le reconoce como generador de riqueza, aquí se le trata como sospechoso de evasión, como un ciudadano de segunda, como un burro de carga al que no se le permite ni enfermar.
Y luego se sorprenden de que no haya relevo generacional.
De que nadie quiera dar el paso.
De que solo un 5% de los autónomos tenga menos de 30 años.
La presidenta de ATA en Aragón, Ana Roldán, reconoce que “las comunidades que pierden más autónomos son las que más sufren la despoblación”. Claro que sí. Porque si no hay condiciones para montar un negocio, la gente se va. Punto. Y entonces nos llenamos la boca con “España vaciada”, “reto demográfico” y demás sandeces mientras machacamos al que intenta quedarse, emprender y construir futuro.
Desde aquí —y con todo el respeto— le decimos al señor Lorenzo Amor: gracias por la denuncia, pero no basta. Es hora de actuar. Y no con campañas publicitarias o jornadas institucionales.
Hacen falta reformas fiscales profundas, eliminación de trabas absurdas, digitalización real del sistema, un estatuto del autónomo digno y una narrativa nueva.
Queremos dejar de ser héroes invisibles y pasar a ser ciudadanos con derechos.
Y para eso, proponemos algo claro:
El próximo 3 de octubre, Día del Trabajador Autónomo, que no se repartan placas ni discursos. Que se oiga un rugido colectivo.
Que España escuche a los que sostienen su economía en silencio.
Y que de una vez por todas, se nos respete, se nos escuche y se nos permita trabajar.
Porque ser tu propio jefe no puede seguir siendo sinónimo de ser tu propio verdugo.
¡Se me tecnologizan!
