Desarrollo
Imperio

Imperio o lamento: el complejo de no haber conquistado nada.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el imperio estadounidense y su complejo ante el resto del mundo por no haber conquistado nada, publicado el 30 de abril de 2025.

El imperio estadounidense, tan eficiente en sus formas y tan brillante en su marketing, no ha inventado nada que no hayan hecho antes Roma, Inglaterra o España. Lo que ha perfeccionado es el relato.

¡Ey, tecnófilos!

En tiempos de discursos anestesiados y democracias convertidas en marcas blancas del poder, conviene recordar una verdad incómoda: los imperios no piden permiso, actúan. Y cuando lo hacen, no es por maldad ni por capricho, sino por coherencia con su propia naturaleza.

Porque un imperio que no defiende su hegemonía deja de ser imperio, y eso, estimados amigos, no es optativo. No hay nada nuevo bajo el sol del dominio. El imperio estadounidense, tan eficiente en sus formas y tan brillante en su marketing, no ha inventado nada que no hayan hecho antes Roma, Inglaterra o España. Lo que ha perfeccionado es el relato. Mientras los antiguos imponían con la espada, el nuevo imperio lo hace con el dólar, Hollywood y, cuando hace falta, los misiles “democratizadores”.

La democracia, ese concepto tan manoseado, es un valor cuando conviene y una molestia cuando se tuerce. Si un pueblo elige un gobierno que desafía los intereses del imperio, la maquinaria se pone en marcha: presión económica, desinformación, apoyo a la oposición, sanciones o, en casos extremos, intervención directa. Desde Allende en Chile hasta Gadafi en Libia, la historia está repleta de elecciones que fueron corregidas porque eran demasiado democráticas.¿Y por qué lo hacen? Porque el imperio no puede quedarse de brazos cruzados cuando una de sus provincias —léase países satélite, aliados estratégicos o colonias culturales— decide girar el timón hacia algo que lo debilite.

Si mañana España decidiera, en pleno éxtasis democrático, expulsar a los americanos de la base de Rota y cederla a China o Rusia, ¿alguien cree de verdad que no habría represalias diplomáticas, económicas o incluso peores? La prudencia, no la democracia, es la brújula que guía a las grandes potencias. Porque la democracia es un sistema, pero el poder es un instinto. Y el instinto imperial no se detiene ante urnas ni referéndums.

Por eso, hablar de democracia en abstracto, sin tener en cuenta las relaciones de poder que la atraviesan, es de una ingenuidad casi infantil. La democracia no cancela la dominación, simplemente la maquilla. Y ojo, esto no es un alegato contra la democracia, sino contra su fetichización.

Una sociedad democrática solo es soberana si puede decidir sin que una potencia extranjera le corrija la plana. Pero eso, amigos, rara vez ocurre. Y cuando ocurre, no suele durar.¿Y qué decir de la civilización? El imperio no solo domina: ordena, estructura, codifica.

Las legiones romanas no solo conquistaron, también dejaron acueductos, leyes, idiomas. Sin ellas, Europa no sería más que un mosaico de tribus enfrentadas. El latín fue la lengua del imperio, y de él nacen tanto el gallego como el castellano. Pero sólo uno de ellos levantó un imperio. Y esa diferencia histórica —real, cruda, dolorosa para algunos— explica muchos de los lamentos que aún hoy resuenan en ciertos nacionalismos. Porque sí: hay nacionalismos que son constructivos, pero hay otros que no son más que un plañir constante.

El gallego, en su versión más identitaria, no sufre por el castellano, sino por lo que representa: haber sido lengua imperial. El nacionalismo gallego no digiere que Galicia haya sido una tierra sin ambición imperial, sin conquistas, sin grandes gestas. Y de esa carencia nace una narrativa victimista que busca enemigos exteriores donde lo que hay es una falta de épica interior.

Así, mientras unos levantaban imperios, otros levantaban quejas. Y lo siguen haciendo.El imperio, en definitiva, no es una aberración histórica, sino un fenómeno casi natural. Los fuertes ordenan el mundo a su imagen. Los débiles lo padecen o se adaptan. La verdadera tragedia sería no entender esta dinámica y seguir creyendo en cuentos de hadas constitucionales donde todo se resuelve con diálogo y abrazos institucionales. Hay que dejar de confundir la política con el deseo. Y empezar a verla, como decía Maquiavelo, tal como es y no como querríamos que fuese.

    ¡Se me tecnologizan!

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