Vivimos rodeados de todólogos. Esa especie en expansión que opina de todo —sin saber de nada— y que campa a sus anchas por redes sociales, tertulias y sobremesas.
Elegir mal a quién admiras no solo te puede costar dinero… te roba tiempo, y el tiempo es el único activo que no se recupera.
Hubo una generación que no necesitó coaches, ni terapias de TikTok, ni manuales de autoayuda. Una generación que aprendió la resiliencia no en conferencias motivacionales, sino en la calle.
Los haters son una especie peculiar, resultado de un cóctel explosivo de frustración, envidia, ignorancia y, en muchos casos, una profunda soledad.
Algunos usuarios sienten la presión de adornar sus experiencias, inflar sus logros o participar en un juego constante de aparentar ser más exitosos de lo que realmente son.
Las redes sociales, con su capacidad para amplificar voces y fenómenos, han creado plataformas donde la incompetencia, la superficialidad, y hasta la vagancia, no solo se ven normalizadas sino en ocasiones celebradas.
Estamos presenciando una transformación cultural, alimentada por likes, retweets y seguidores, que se ha convertido en una especie de moneda social, donde el valor de una persona a menudo se mide por su popularidad online.
Su vida es un escaparate permanente, donde cada momento, ya sea íntimo o mundano, se convierte en contenido para el consumo público. Desde la imagen idílica de su desayuno hasta el emotivo adiós en un funeral, nada escapa a su lente omnipresente.







