Vamos a por el último mandamiento emprendedor que tiene mucho que ver con nuestra capacidad de resiliencia, y que será lo que defina la delgada línea roja entre el éxito y el fracaso.
Emprender es una actividad arriesgada, pero la vida en sí misma es una actividad de riesgo, y como dijo aquel: “La vida es la causa más importante de muerte”. Todos los empresarios debemos asumir el riesgo, pero este riesgo ha de ser controlado.
Emprendimiento nuestro. En España tenemos dos importantes asignaturas pendientes, la tecnología y el emprendimiento.
Conseguir trabajar de algo que realmente te apasione, es una suerte que no muchos pueden llegar a tener. Si eres emprendedor y no te rindes, probablemente esto se haga realidad. Todo depende de la ilusión y fuerzas que pongas en ello.
Mucho antes de ponerse a aplicar soluciones es conveniente sentarse a observar, incluso antes de llamar a ninguna empresa de soluciones tecnológicas. La apertura de mente es fundamental y prestar atención al interior y al exterior de la empresa.
En el mundo tecnológico hemos visto desfilar falsos mesías profesionales del consejo generando directrices sobre la implantación de tecnología.
Cuando un pequeño empresario comienza a tener un cierto grado de éxito, en muchos casos, su cabeza, le hace elucubrar nuevos negocios potenciales en sectores que desconoce y sobre todo se salen de su ‘corebusiness’.
Otro tema bien diferente es el de aprender a ser empresario, en esto no hay universidades ni escuelas técnicas, ni formación profesional que valga. El empresario nace, crece y se reproduce a pecho descubierto, con la empírica como fuente de sabiduría.
La historia está plagada de ejemplos de personas que empezando desde muy abajo y sin apenas formación, llegaron a ser, si me permiten la expresión, la de Dios es Cristo. El emprendimiento no entiende de razas, nivel de formación, naciones o credos.








