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La Navidad camino de Celanova

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la Navidad, publicado el 25 de diciembre de 2024.

¡Ey, tecnófilos!

Cuando era pequeño, la Navidad era un viaje, literal y emocional. Cada año, mis padres y yo subíamos al coche para recorrer el camino hacia Celanova, la tierra que vio nacer a mi madre, y, con cada kilómetro, algo mágico comenzaba a suceder. Las luces parpadeantes en las casas, las estrellas que dibujaban caminos en el cielo y los árboles decorados que se asomaban en las ventanas provocaban en mi corazón un latido arrítmico, como si cada destello despertara en mí una chispa de magia.

Llegar a Celanova era entrar en un mundo donde el tiempo parecía detenerse. Allí estaban mis abuelos, mis tíos, mis primos y mis padres, todos reunidos, como si el universo conspirara para regalarnos ese instante perfecto. La fragua de mi abuelo Paco dos Xans, que tanto me fascinaba, permanecía en silencio, y las conversaciones en torno a la mesa sustituían al martilleo del hierro. Incluso mi tío Juan, también dos Xans dejaba sus quehaceres en el banco y se sumaba a la conversa.

Era un momento mágico, una pausa en la vida donde lo único que importaba era estar juntos.

Con los años, cuando el trabajo me llevó a recorrer caminos en solitario, el trayecto a Celanova seguía siendo especial. La magia no había desaparecido. Cada luz navideña en las aldeas por las que pasaba seguía encendiendo algo en mi interior. La Navidad nunca dejó de ser ese momento único donde lo ordinario se transforma en extraordinario, donde el frío del invierno cede paso al calor de los recuerdos. Nada de recuerdos tristes y melancólicos. Transcurría por esas carreteras gallegas preñado de la ilusión del crio que fui y percibía lo mismo.

Hoy, desde la atalaya del otoño de mi vida, sigo sintiendo lo mismo. Celebro la Navidad con mi esposa, mis hijas y el resto de la familia, sabiendo que hay sillas que han quedado vacías, pero corazones que permanecen llenos de amor por aquellos que ya no están. La Navidad, para mí, es el momento perfecto para recordarlos, para ensalzarlos, para darles el lugar que merecen en nuestras historias y en nuestro corazón.


El reencuentro con lo que nos hace humanos.

Este ritual ancestral de reunirnos, de compartir risas, abrazos y silencios llenos de significado, es una costumbre que jamás debemos perder. La Navidad es mucho más que luces y regalos: es el reencuentro con lo que nos hace humanos, con los valores que construyen nuestra historia familiar y personal.

Hoy, cuando veo la misma emoción en los ojos de mis hijas al encender las luces del árbol o al colocar la última figura del belén, entiendo que esta tradición no es solo un acto repetido, sino un legado que pasa de generación en generación. Un puente que conecta el pasado con el presente y nos invita a soñar con el futuro.

Así que, esta Navidad, os invitamos a deteneros, a mirar a vuestro alrededor ya encontrar esa chispa que enciende vuestros corazones. Recordad a los que ya no están, celebrad a los que os acompañan, y dejad que la magia de la Navidad os recordad que, a pesar de todo, la vida siempre encuentra un motivo para brillar.

¡Se me tecnologizan! ¡Feliz Navidad!

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