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la distorsión de la mente

Distorsiones cognitivas: el gimnasio secreto de la mente.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre cómo la mente puede jugarnos malas pasadas tanto personal como profesionalmente, publicado el 28 de enero de 2026.

Durante años entrené mi mente “con la disciplina de un opositor”, pero para pensar mal. Aceptar las distorsiones como paisaje lleva directo a la “mediocracia mental” y a vivir en “la versión beta de uno mismo”. Porque “tecnologizarse o morir también aplica a la cabeza”: no actualizarla es quedarse obsoleto.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Durante demasiados años —y esto lo admito sin la menor vergüenza— me dejé arrastrar por varias de esas distorsiones cognitivas que ahora todo el mundo menciona como si fueran invento reciente. Ya sabes: ese viejo catálogo de trampas mentales que convierten cualquier pequeña duda en profecía autocumplida. Catastrofizar, leer pensamientos ajenos, filtrar lo negativo como si fuera un sommelier del desastre… Las he practicado todas con la disciplina de un opositor. Y claro, cuando entrenas así, se juega como se entrena: mal.

Vamos a intentar aprender algo.

La mente tiene ese talento retorcido de repetirte siempre la misma mentira hasta que parezca verdad. Yo, como tantos, me creí muchas. “Si lo siento así, será cierto.” Razonamiento emocional de manual. O el clásico “una vez fallé, fallaré siempre.” Artesanía de la generalización. Durante bastante tiempo me moví con esas gafas sucias sin ser consciente de que la suciedad no era el mundo, era yo. Es importante aprender de los errores, sobre todo de los errores de los demás… pero cuando no te fijas, te toca aprender de los tuyos, que suele picar más.

El problema de estas distorsiones no es que existan; siempre estarán ahí, como la burocracia europea o los burócratas que la alimentan. El problema es cuando decides aceptarlas como parte natural del paisaje y no como interferencias que te restan claridad. Ahí empieza la mediocracia mental: el conformismo de creer que “soy así” y se acabó. Y no, no se acabó. Tecnologizarse o morir también aplica a la cabeza: si no actualizas el firmware interno, acabas congelado en la versión beta de ti mismo.

Un día —no uno heroico, ni uno especialmente miserable, simplemente uno cualquiera— me di cuenta de que estaba permitiendo que mis pensamientos tomasen decisiones en mi nombre sin haber pasado por examen previo. Y decidí ponerle remedio. No con misticismos, sino con método. Detectar, ajustar, corregir. Igual que cualquier proceso industrial mínimamente serio; no como la política europea de improvisar leyes a golpe de ocurrencia ecologista.

Me sorprendió descubrir que, al limpiar una sola distorsión, el resto empezaban a perder fuerza. Si dejas de catastrofizar, dejas de adivinar el futuro. Si dejas de leer la mente ajena, dejas de etiquetarte a ti mismo. La mayoría nacen juntas como malas hierbas. Si cortas las raíces, se desmoronan. Y ya se sabe: cuanto más entreno, más suerte tengo. No porque el universo te premie, sino porque trabajas desde un terreno más firme.

Poner remedio a estas distorsiones no es magia, es trabajo duro. La gente suele querer epifanías, pero la mente funciona más como una fábrica que como una iglesia. Si ajustas el proceso, mejora el producto. Menos poesía y más tornillos bien apretados. Y aquí la meritocracia juega a favor: quien entrena el pensamiento, mejora. Quien espera iluminación, se estanca. Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día… pero elegir trabajar sobre uno mismo tampoco es mal contrato.

Hoy, cuando noto que una distorsión intenta colarse de nuevo —y lo hace, porque la vida no se vuelve fácil, simplemente se vuelve más clara—, la reconozco y la desactivo. Sin drama. Sin culpa. Sin convertirla en identidad. Es fascinante cómo cambia la vida cuando dejas de creerte todas tus ocurrencias. La realidad sigue siendo compleja, pero deja de ser enemiga. Y de pronto, sí, aparecen decisiones mejores. No porque el destino haya girado, sino porque lo has girado tú.

La mente, igual que la tecnología, exige mantenimiento constante. No actualizarla es quedarse obsoleto. Y ya sabemos qué les pasa a los sistemas obsoletos: dejan de ser útiles y terminan en un cajón.

Yo elegí actualizarme. Y volvería a hacerlo.

¡Se me tecnologizan!

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