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La titulitis y la mediocridad

Titulitis y mediocridad.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la titulitis y la falta de garantías de encontrar trabajo que te da hoy en día, publicado el 12 de septiembre de 2026.

La acumulación de títulos universitarios ha dejado de ser, por sí sola, una garantía de empleabilidad en un mercado que premia cada vez más la capacidad de resolver problemas y aportar valor. El artículo cuestiona el modelo educativo actual y plantea un debate incómodo sobre la distancia entre la formación académica, las necesidades reales de las empresas y la cultura del mérito.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Vivimos en una sociedad donde el título universitario ha dejado de ser garantía de nada, salvo —en muchos casos— de frustración, arrogancia injustificada y expectativas desmedidas. Lo lamento por quienes aún creen que memorizar apuntes durante cuatro años es sinónimo de mérito, pero en el mundo real, no se paga por saber, se paga por resolver.

Durante décadas, nos han vendido que el camino al éxito era estudiar una carrera, sacarse un máster, aprender idiomas y coleccionar diplomas como si fueran cromos. Y ahora, cuando el mercado exige adaptabilidad, habilidades prácticas, comunicación, proactividad o simplemente ganas de currar, nos encontramos con legiones de jóvenes “formadísimos” incapaces de vender ni una servilleta.

La titulitis ha generado una inflación educativa ridícula. Ya no basta con un grado. Ahora necesitas doble grado, máster, tres idiomas, Erasmus y prácticas en Marte. Y aún así, te siguen contratando por 1.200 euros al mes para que no molestes mucho.

Y en lugar de cuestionar el sistema que les ha estafado intelectualmente, culpan al empresario, a la empresa, al capitalismo, a la precariedad, a los ricos, al cambio climático y hasta a Elon Musk por no quererles pagar un sueldazo simplemente por haber pasado por una facultad.

Como empresario, yo no contrato pegatinas ni posturitas. Contrato a quien me demuestre que sabe hacer, que se moja, que se adapta, que aporta. Me da igual si ha estudiado en Harvard o si ha estado vendiendo bragas en un mercadillo. El que resuelve, cobra. El que se queja, estorba.

Se está produciendo un cambio silencioso, pero imparable. Muchas empresas ya no confían en el sistema educativo oficial y están empezando a crear sus propios centros formativos, bolsas de empleo privadas, academias intensivas sin wokeismo, sin batucadas, sin victimismo y con un mensaje claro: “aquí vienes a aprender a ganar dinero, no a cambiar el mundo desde tu sofá”.

¿Brutal? Tal vez. ¿Real? Sin duda.

Porque no todo el que ha ido a la universidad es un inútil, pero cada vez hay más inútiles con carrera. Y eso, en el fondo, debería preocuparnos a todos.

La educación no es un derecho si no genera valor. La formación sin resultados es un lujo ideológico que no nos podemos permitir. El conocimiento debe tener aplicación. Si no produce riqueza, soluciones, innovación o bienestar, entonces no es educación. Es ruido.

Y ese ruido, esa verborrea académica, ese activismo vacuo disfrazado de progreso, nos está empobreciendo como sociedad. Nos está haciendo creer que merecemos algo por haber seguido un guion. Y no. La vida no funciona así.

Aquí no se trata de pedir. Se trata de merecer. Y eso se demuestra, no se declara.

¡Se me tecnologizan!

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