Sin categoría
Un repaso a mis 60 años de vida

Ferri pilotando su vida.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, hace una reflexión y repaso sobre sus 60 años de vida y cómo la «pilota», publicado el 28 de marzo de 2026.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Soy un hombre hecho a mí mismo. Así, sin anestesia. En inglés suena más elegante, “self made man”, pero ya te digo yo que no hay nada elegante en el proceso. Hay barro, hay decisiones incómodas y hay más de una noche larga preguntándote si has metido la pata hasta el fondo.

He acertado. Y me he equivocado. Y no voy a maquillar ninguna de las dos cosas.

De hecho, si algo tengo claro es que mis errores han sido mi mejor activo. No me avergüenzo de ellos. Me han enseñado más que cualquier acierto rápido. Han sido mi banco de pruebas. Sin esos golpes, lo demás no habría llegado o habría sido pura casualidad. Y yo, en la casualidad, no confío.

La foto que estás viendo no es casual. Estoy sentado, mando en mano, pilotando. No es solo un dron. Es una metáfora bastante precisa de cómo entiendo la vida. Tú decides hacia dónde vas, tú corriges el rumbo, y si te estrellas… te levantas, recoges los restos y vuelves a despegar.

Nadie pilota por ti. Y el que delega eso, tarde o temprano paga la factura.

Tengo 60 tacos. Y estoy vivo. Alive and kicking.

Y no, no es una frase bonita. Es una realidad. Llegar hasta aquí ya es un triunfo. De los de verdad. De los que no necesitan aplauso ni validación externa. Porque la vida, si te descuidas, te pasa por encima sin pedir permiso.

En ese camino, además, he tenido algo que hoy escasea: continuidad. Llevo más de 35 años con la misma mujer. Mi compañera de viaje. Sociedad afectiva, que me gusta llamarlo. Porque esto no va de romanticismo de película, va de construir, de aguantar, de empujar juntos cuando vienen mal dadas.

Y de ahí ha salido lo mejor que he hecho en mi vida: nuestros tres hijos.

Aquí no hay épica, hay verdad. También he pasado por la pérdida de un hijo. Y eso no se supera. Que nadie te venda esa moto. Se aprende a convivir con ello, que es distinto. Es una herida que no se cierra, pero con la que aprendes a caminar.

Y aun así, la vida sigue. Mis otras dos hijas han reforzado algo que ya sabía: ser padre es de las pocas responsabilidades que realmente importan. Y hacerlo bien no es opcional.

Luego está el terreno profesional y económico. Ahí he visto de todo. He ganado dinero y lo he perdido. Y vuelvo a lo mismo: no he olvidado nada.

Pero hay algo más que no se suele contar. No solo luchas contra el mercado, contra la incertidumbre o contra tus propios errores. También te cruzas con personajes complicados. Psicópatas empresariales. Gente sin escrúpulos, sin palabra, sin lealtad. Y esos sí que te pueden hacer la vida difícil.

Mucho.

Te obligan a estar alerta, a endurecerte, a aprender a leer entre líneas. Y, sobre todo, a entender con quién no debes volver a hacer negocios jamás.

Porque en los libros de empresa te hablan de estrategia, de finanzas, de crecimiento… pero poco de la condición humana en su versión más retorcida. Y eso, cuando te toca, no se olvida.

Aun así, sigo pensando lo mismo: el dinero importa. Claro que importa. El que diga lo contrario o no ha pasado necesidad o está mintiendo.

El dinero te da opciones. Te da margen. Te permite decidir.

Pero convertirlo en el objetivo de tu vida… eso ya es otra cosa. Y es un error.

Vamos a intentar aprender algo.

He visto a gente con mucho dinero vivir vacía. Literalmente. Siempre queriendo más, siempre insatisfechos. Como si acumular fuese a llenar algo que no tiene que ver con lo material.

A mí eso me da pena.

Siempre he defendido algo muy simple: no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita.

Y esto no va de conformarse. Va de libertad. De no depender de un nivel de vida absurdo para sentirte bien. De no ser esclavo de tus propios gastos.

Porque cuando necesitas mucho para vivir, te vuelves vulnerable. Y eso, en el mundo real, se paga caro.

Prefiero otra cosa. Prefiero tener control. Igual que con el mando que ves en la foto. Saber que si tengo que bajar, bajo. Si tengo que cambiar de rumbo, cambio. Sin ruido. Sin dramas.

También te digo: no necesito que nadie compre este discurso. No busco convencer a nadie.

Hablo desde lo vivido.

Desde haber estado dentro del problema, desde haber tomado decisiones que salieron bien y otras que no tanto. Desde haber tenido que lidiar con gente complicada y aun así seguir adelante.

Porque al final esto va de eso.

De seguir.

De no esconderte cuando vienen mal dadas.

De no creerte invencible cuando te va bien.

De entender que la vida no es justa muchas veces, pero sigue siendo tu responsabilidad.

Hoy miro atrás y veo una vida real. Sin adornos. Con pérdidas duras, con logros importantes, con una familia que es, sin duda, lo mejor que he construido. Y con una relación con el dinero que no me domina.

Y con eso me vale.

Sigo pilotando.

A mi manera.

¡Se me tecnologizan!

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.