España, ese proyecto pendiente.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre España y cómo debe renovarse, publicado el 06 de diciembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Vamos a intentar aprender algo.
Hoy es 6 de diciembre, Día de la Constitución. Un día que cada año me provoca una mezcla de respeto, nostalgia y escepticismo. Respeto por lo que significó. Nostalgia por la ilusión que generó. Y escepticismo porque, más de cuarenta años después, me pregunto si realmente hemos sabido estar a la altura del espíritu que la inspiró.
Yo no soy político, ni jurista, ni historiador. Soy empresario, autónomo, tecnólogo, uno de esos que se levanta cada día sin saber si el mes acabará en verde o en rojo. Pero quizá precisamente por eso —por no tener otro paraguas que mi propio esfuerzo—, tengo derecho a opinar. Y hoy lo haré desde el prisma del que vive este país desde la trinchera de la productividad real, no desde el palco de la subvención o la tribuna del aplauso fácil.
España es un país extraordinario habitado, demasiadas veces, por gente que ha renunciado a serlo. Un país con talento a raudales, pero que castiga al que se atreve. Un país donde la palabra “éxito” se pronuncia casi con vergüenza y donde el mérito incomoda más que la mediocridad. Y eso, me temo, no lo arregla ninguna Constitución si no se arregla primero dentro de cada uno.
La Constitución fue un pacto para convivir, no para anestesiar. Fue un proyecto para avanzar, no para dormirnos. Sin embargo, hemos confundido estabilidad con estancamiento, consenso con cobardía, y pluralidad con desorden. Nos hemos acostumbrado a que todo se relativice, a que el talento se diluya, a que la ley se interprete según la conveniencia del poderoso o la presión del mediocre.
Como emprendedor, miro a España y veo un país que podría ser una potencia tecnológica, industrial y humana de primer nivel. Tenemos ingenieros brillantes, científicos notables, empresarios valientes, trabajadores incansables. Pero nos sobran políticos de escaparate y nos faltan líderes con propósito. Nos sobra ruido ideológico y nos falta ejecución. Y me duele decirlo, pero parece que aquí se aplaude más al que protesta que al que produce.
Yo crecí en una familia humilde, de gallegos que se levantaban temprano y se acostaban tarde. Mi abuelo era herrero, mi padre taxista. Ambos sabían que la dignidad se gana trabajando, no mendigando. Y cada 6 de diciembre me pregunto si aquel espíritu de reconstrucción, de esfuerzo colectivo, de respeto por la palabra dada, no se ha ido oxidando como el hierro de la fragua de mi abuelo Paco.
Porque una nación no se mide por su PIB ni por sus banderas, sino por el número de personas que están dispuestas a dar más de lo que reciben. Y, sinceramente, hoy en España cada vez somos menos los que creemos en eso. Hemos convertido la queja en deporte nacional y el mérito en pecado. Y así no se construye un país: se degrada lentamente, como una máquina sin mantenimiento.
A veces pienso que lo que España necesita no es otra reforma constitucional, sino una reforma moral. Un nuevo consenso, pero no entre partidos, sino entre personas decentes. Entre los que todavía creemos que la lealtad es una virtud, que la palabra empeñada vale más que un BOE, y que la tecnología —bien usada— puede ser el gran igualador, no la coartada de los vagos digitales.
Yo sigo creyendo en este país. A pesar de todo. A pesar de sus contradicciones, sus melasudistas sin rumbo y sus mediocracias rampantes. Creo en la España que madruga, en la que arriesga, en la que innova. En la España que no pide permiso para prosperar y que no necesita que nadie le regale nada.
Quizá esa sea mi Constitución personal: trabajar, aportar, ser leal y dejar el país un poco mejor de lo que me lo encontré. No necesito más artículos ni más reformas. Solo gente valiente que no se conforme con sobrevivir entre excusas.
Hoy no celebro solo una fecha. Celebro seguir creyendo que España aún puede ser lo que prometió ser. Pero para eso, necesitamos menos aplausos y más acción. Menos eslóganes y más ejemplos. Menos Estado y más ciudadanos.
La verdadera Constitución no está en un libro: está en la conciencia de cada uno.
¡Se me tecnologizan!
