De la radio nacen los puentes: una vida entre emergencias, antenas y silencio-radio.
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre su vida alrededor del mundo de la radio y la importancia que tiene en el día a día, publicado el 9 de noviembre de 2025.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
En la foto hay cascos, microaltavoces, portátiles multibanda y un fondo que grita “5G”. Yo, en medio, con una emisora en la mano y la misma sonrisa que tenía a los 12 años cuando descubrí que una señal de radio podía atravesar colinas, ciudades y silencios. A los 21 ya lo hacía profesionalmente: instalar, mantener, operar. Desde entonces, mi vida ha sido esto: tecnología al servicio de la vida. Vamos a intentar aprender algo.
La radio no es nostalgia ni un fetiche analógico. La radio es disciplina: escuchar antes de hablar, transmitir solo lo necesario, comunicar con precisión quirúrgica cuando todo alrededor es ruido. En emergencias, la diferencia entre el caos y la coordinación es, muchas veces, un PTT bien pulsado. He pasado décadas en esa trinchera: coordinando patrullas, levantando repetidores, cosiendo coberturas con enlaces, y sobre todo, aprendiendo que cuando fallan las redes que “nunca fallan”, la radio sigue ahí.
Conviene recordarlo en tiempos de titulares brillantes. Sí, el 5G es formidable para vídeo, telemetría o mapas en tiempo real. Pero cuando la energía flaquea, la red troncal cae o el core se satura, la voz simplex con silencio-radio impuesto es la columna vertebral. Y ahí aparece la vieja escuela: VHF, UHF, HF si hay que saltar valles; DMR o TETRA si la misión pide grupos, prioridad y cifrado; analógico si la sencillez es la virtud. El uniforme cambia; los principios no.
En este oficio hay una deuda histórica con Motorola. Antes de que medio mundo llamase “walkie-talkie” a cualquier portátil, Galvin/Motorola ya había puesto en manos de equipos de campo el Handie-Talkie, y en la espalda el SCR-300, aquel “mochila-radio” que profesionalizó la comunicación táctica. No es un detalle romántico: es el prólogo de todo lo que hoy damos por sentado—la ergonomía del equipo, la lógica de grupos, la robustez del audio, la prioridad de llamada, la interoperabilidad. A partir de ahí el ecosistema creció: marcas, estándares, accesorios. Pero la semilla fue esa: voz fiable en cualquier terreno.
“Tecnologizarse o morir” no significa coleccionar cacharros; significa elegir bien. En la mesa de la foto hay de todo: microaltavoces remotos para liberar manos, cascos integrados para motoristas y rescatadores, portátiles sellados IP para lluvia y polvo, baterías de alta densidad, cargadores inteligentes que alargan la vida útil, y—mi obsesión—antenas bien ajustadas. Una radio mediocre con antena correcta rinde más que una radio excelente con antena mal montada. Ley de vida.
Otra verdad incómoda: la radio de emergencias va de personas. De su entrenamiento, su jerarquía, su lealtad al protocolo. Puedes tener el mejor sistema del mundo; si quien lo usa no respeta las reglas, se convierte en ruido caro. Por eso defiendo la formación continua, los simulacros con estrés, la práctica de brevedad, claridad y confirmación. Y por eso me siento tan cómodo en la REMER: una red civil de radioaficionados con cultura de servicio, que une humildad y rigor. La ciudadanía ayudando a la ciudadanía, bajo dirección de Protección Civil. Así de simple y así de grande.
Me preguntan a veces por qué sigo tan enamorado de esto. Por momentos como ese en que el Puesto de Mando se queda a oscuras y una voz llega nítida: “Recibido, en camino”. Por cada vez que un repetidor portátil—alimentado por una batería que hemos cuidado—permite que dos equipos se encuentren en mitad de la nada. Por cada ocasión en que un “negativo, repita” evita un error caro. Y, confieso, por el asombro infantil que aún siento cuando una antena bien calculada convierte milivatios en misión cumplida.
No es postureo ni romanticismo. Es responsabilidad. Tener un portátil cargado, un plan de frecuencias, una lista de contactos, repasar frases brevity, comprobar baterías y cargadores, revisar cables y conectores, cuidar la antena, mantener registros. Y después, salir al terreno con la humildad de quien sabe que su trabajo es enlazar para que otros salven.
A los 12 descubrí que con una radio podía estar menos solo en el mundo. A los 21 comprobé que podía ayudar a que otros tampoco lo estuvieran. Hoy, cada vez que acerco el micrófono a la boca, recuerdo lo esencial: la tecnología es un medio; el fin es la vida. Y mientras haya emergencias, habrá radio. Y mientras haya radio, algunos seguiremos al otro lado diciendo: “Adelante, le recibo”.
¡Se me tecnologizan!
