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¿Cuánto vale la sonrisa de un niño?

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre los niños y el recordatorio constante de nuestra responsabilidad como sociedad y como individuos, publicado en Mundiario el 22 de enero de 2024.


¡Ey Tecnófilos!
Los niños y las niñas representan un hilo conductor de la historia de la humanidad. No solo son el presente vibrante que nos conmueve con su energía y curiosidad, sino también el futuro que moldearemos. 

Hoy no es el día de hablar sobre tecnología. Tampoco es el día de hablar de emprendimiento. Hoy no es el día de decir porque escribo este artículo sobre este tema concreto.

Hoy si es el día de tomar conciencia sobre nuestra esencia, más allá de las apariencias y nuestra codicia existencial, material o inmaterial. Hoy es el momento de testar si somos o no somos seres humanos.

El rugido de la ciudad, las incesantes notificaciones del móvil y los titulares alarmantes en los periódicos suelen distraernos de una verdad que, en esencia, es lo que nos define como seres humanos: el valor irremplazable de la sonrisa de un niño. En un mundo en que todo parece tener precio, el brillo inocente en los ojos de un niño nos recuerda que hay cosas que superan cualquier valor material.

Los niños y las niñas representan un hilo conductor de la historia de la humanidad. No solo son el presente vibrante que nos conmueve con su energía y curiosidad, sino también el futuro que moldearemos. En ellos se depositan los anhelos y esperanzas de generaciones pasadas, presentes y futuras. Son nuestra esperanza tangible de un mundo menos complicado, de una humanidad más genuina.

Cuando contemplamos a un niño, nos encontramos ante la esencia más pura del ser humano. Sin máscaras ni pretensiones, sin el desgaste de las decepciones o el cinismo que a menudo nos cubre con el paso del tiempo. Son seres puros, sin edulcorar, llenos de asombro y maravilla. La risa franca de un niño es, sin duda, la obra maestra de la humanidad.

A menudo me cuestiono cómo es posible que alguien pueda mirar a un niño que fija sus ojos en él y no sentir un vuelco en el corazón. ¿Cómo es posible no conmoverse ante la confianza implícita en esa mirada, ante la promesa latente en esos ojos brillantes? ¿Cómo, en medio del ruido y la prisa de la vida, podemos ignorar el llamado silente de su presencia?

Resulta especialmente doloroso cuando pensamos en aquellos niños que han nacido en países menos desarrollados, en condiciones adversas, atrapados en situaciones de miseria, enfermedades y hambre.

Mientras algunos discuten sobre salvar animales, vegetales y objetos inanimados, a menudo olvidan que hay seres humanos, pequeños y vulnerables, esperando ser vistos, escuchados, amados.

Comprendo la pasión por salvar el planeta, los seres que lo habitan y la historia que guardamos. Pero si consideramos el amplio espectro de la existencia humana y colocamos en una balanza todo lo que somos y podemos ser, es fundamental priorizar a esos niños. Mientras haya una sola vida de un niño por salvar, todo esfuerzo adicional, por más noble que sea, no alcanza su verdadera significación.

Al observar a un niño, estamos ante un lienzo sin pintar. Un mundo de posibilidades donde cada trazo, cada color, determinará el panorama final. Son cuartillas en blanco esperando ser escritas, memorias sin programar listas para almacenar recuerdos y lecciones, historias por contar que harán eco en generaciones futuras. Cada niño es un diamante sin pulir, una joya que con el cuidado y la dedicación adecuados, puede brillar con un resplandor incomparable.

Son estatuas por esculpir, donde cada experiencia, cada palabra, cada gesto, irá dando forma a lo que finalmente se revelará ante el mundo.

No podemos permitirnos olvidar el valor incalculable de la sonrisa de un niño. Es el recordatorio constante de nuestra responsabilidad como sociedad y como individuos. La mirada pura y esperanzadora de un niño nos invita a reflexionar sobre el tipo de mundo que estamos construyendo y, lo más importante, sobre el legado que dejamos a quienes serán nuestros sucesores.

Por ello, la próxima vez que un niño cruce tu camino, detente por un momento. Observa, siente y reflexiona sobre el inmenso poder que yace en su inocencia y potencial. Recuerda que en él reside nuestra mejor versión, nuestra esencia más pura y que, ante todo, es nuestro deber protegerlo, nutrirlo y amarlo.

La pregunta queda entonces, ¿cuánto vale la sonrisa de un niño? Tal vez la respuesta es que su valor es infinito, pues en ella encontramos la esperanza, la pureza y el futuro de la humanidad.


¡Se me tecnologizan!

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