Call centers, serenos, peajistas, mozos de almacén…
Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la carta abierta que le dedica a los alcaldes sobre los planes de seguridad de los ayuntamientos, publicado el 21 de julio de 2026.
La inteligencia artificial no está eliminando empleos al azar, sino acelerando la desaparición de aquellos puestos cuyo valor se basa en tareas repetitivas y fácilmente automatizables.
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Voy a empezar por donde nadie quiere mirar: hay oficios que ya están muertos y todavía no se han enterado. No hablo de que vayan a desaparecer mañana. Hablo de que ya han desaparecido como ventaja competitiva, aunque sigan generando nóminas, convenios colectivos y ruedas de prensa sindicales indignadas.
El sereno de barrio, el peajista de cabina, el mozo de almacén que empuja una carretilla y ahora el teleoperador de call center son la misma película contada cuatro veces con distinto disfraz. Y como buena secuela mala, todos terminan igual. El sereno no lo mató ningún ministro ni ninguna reforma laboral. Lo mató alguien que inventó el portero automático y la alarma conectada. El peajista de la AP-7 no desapareció por decreto: desapareció porque un sistema de barrera libre con cámaras y OCR hace en microsegundos lo que él hacía en quince segundos por coche, sin turno de noche, sin baja por lumbalgia y sin pedir el aumento del convenio. El mozo de almacén lleva una década perdiendo la partida frente a los AGV y los brazos robóticos de Amazon y Mercadona, que no fichan, no hacen huelga y no cobran horas extra. Y ahora le toca al call center, con Konecta de ejemplo de manual.
Aquí viene el matiz que casi nadie se atreve a decir en voz alta: la IA no mata empleos por gusto, mata mediocridad operativa.
Un call center que compite en volumen de mano de obra barata leyendo guiones repetitivos es, por definición, el candidato perfecto para que un LLM lo haga mejor, más barato y sin necesitar café. Konecta lo sabe, y por eso lanzó Katalyst 2028: un plan a tres años, 150 millones de euros repartidos a partes iguales entre capital y deuda, con el objetivo de que entre el 30% y el 40% de una facturación de 2.500 millones venga de servicios GenAI. El relato oficial es “transformación estratégica”. El dato es que, mientras se vendía ese relato, la compañía encadenaba EREs año tras año —585 aquí, 602 allá, 104 en Elche— en plena “recuperación” y plena “expansión”. El dato mata al relato: no es una empresa reinventándose con elegancia, es una empresa amortizando su estructura de coste humano para poder financiar la que viene después.
Esto no es tecnofobia disfrazada de análisis. Es la misma Mediocracia de siempre disfrazada de fatalidad tecnológica. Porque la pregunta incómoda no es “¿qué va a hacer la IA con mi puesto?”. La pregunta incómoda es “¿por qué mi puesto llevaba veinte años siendo tan fácil de automatizar y nadie hizo nada al respecto?”. El sereno no pudo reconvertirse en sistema de videovigilancia. El peajista no se convirtió en ingeniero de sistemas OCR. El mozo de almacén raramente acaba programando el robot que lo sustituye. Y el teleoperador que no aprendió a supervisar IA, a resolver excepciones complejas o a vender valor en lugar de recitar un guion, va a pagar la reestructuración con un despido, no con un ascenso. Aquí es donde conecto con lo que llevo repitiendo con autónomos y pymes desde hace años: quien no invierte en tecnología cuando toca, acaba invirtiendo en supervivencia cuando ya no puede elegir el ritmo.
La diferencia entre el sereno de 1985 y el teleoperador de 2026 es que este último tiene toda la información del mundo a un clic para saber lo que le viene encima. Y aun así, media España sigue actuando como si el peaje fuera a tener cabina para siempre, como si el algoritmo fuera a tener la decencia de avisar antes de llegar.
No es fatalismo. Es aritmética pura. La IA generativa no pregunta si tu convenio colectivo es sólido ni si tu sindicato es combativo. Pregunta una sola cosa: si tu tarea es repetible. Si la respuesta es sí, el reloj ya corre, lo sepas o no.
Vamos a intentar aprender algo, aunque sea tarde para algunos.
¡Se me tecnologizan!
