Seguridad
Mercè y su profesión de vigilante de seguridad

Mercè, vigilante en el metro.

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre la historia de Mercè, una vigilante de metro y su infravalorada profesión, publicado el 8 de marzo de 2026.

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Las seis de la mañana en Barcelona tienen un silencio raro. No es el silencio del campo ni el de un domingo cualquiera. Es el silencio previo a que todo empiece a moverse. Trenes que se despiertan, escaleras mecánicas que arrancan, persianas que suben y miles de personas que se meten bajo tierra para ir a trabajar.

Mercè llega unos minutos antes de su turno.

Doce kilómetros de trayecto desde su casa hasta el metro. Doce kilómetros que hace casi siempre pensando en lo mismo: el alquiler que no deja de subir, la niña que todavía duerme cuando ella sale de casa y la suerte —si es que se puede llamar así— de tener una madre que cuida de Monse mientras ella está de servicio.

Monse. Montserrat.

Su pequeña.

Tiene edad de preguntar por qué su madre trabaja tanto y por qué algunas noches llega con moratones.

Mercè se coloca el uniforme, ajusta el cinturón y comprueba lo de siempre: porra, esposas, emisora.

Nada más.

Ni chaleco anticorte. Ni protección jurídica real. Ni la consideración de agente de la autoridad que le permitiría defenderse en un juzgado cuando todo se complica.

Pero ahí está.

Porque hay que trabajar.

Y porque alguien tiene que hacerlo.

Cuando era más joven soñaba con otra cosa. No con una vida fácil, no. Con uniforme también, pero distinto.

Guardia Urbana de Barcelona.

O quizá Mossos d’Esquadra.

Lo intentó. Como tantos. No pudo ser.

La vida tiene esa costumbre de no preguntar demasiado cuando decide por ti.

Así que acabó donde acaban muchos que quieren proteger a otros: en la seguridad privada.

El metro de Barcelona no es precisamente una biblioteca.

Quien lo conoce de verdad lo sabe.

Carteristas profesionales que trabajan como si estuvieran en Wall Street. Grupos que se cuelan. Peleas absurdas. Drogas. Violencia doméstica que de repente aparece en medio de un andén. Y toda esa pequeña delincuencia que algunos políticos llaman “incivismo” porque suena menos feo.

Mercè lo ve todo.

Y lo enfrenta todo.

Con una porra y unas esposas.

Hay turnos tranquilos, claro. Pero también hay días en los que la cosa se pone fea.

Una vez le partieron el labio.

Otra vez acabó con el hombro lesionado.

Y en una ocasión un tipo sacó una navaja cuando ella intentaba impedir que se colara en el metro. No llegó a usarla porque apareció su compañero, pero el gesto basta para que entiendas algo muy simple: hay trabajos en los que un segundo decide muchas cosas.

Los vigilantes lo saben.

Y aun así siguen.

Hace no mucho, en la estación de Poblenou, varios vigilantes intervinieron en una pelea dentro del metro. La cosa terminó con una brutal agresión y uno de ellos perdió un ojo después de ser golpeado con un puño americano.

Un ojo.

Un compañero.

Una vida que cambia para siempre.

Cuando estas cosas pasan, en el sector se comenta durante días. A veces semanas.

Luego llega el silencio.

El país sigue con su vida y los vigilantes vuelven a su puesto.

Mercè recuerda perfectamente esa noticia.

Porque cualquiera podría haber sido ella.

Cualquiera.

Eso es algo que la gente que pasa por los tornos casi nunca piensa.

Para la mayoría, los vigilantes son simplemente parte del paisaje.

Como las máquinas de billetes.

Pero cuando hay un problema, entonces sí.

Entonces se les busca.

El otro día detuvo a un carterista que llevaba media mañana trabajando en los vagones. Un profesional. De esos que en segundos te limpian la cartera y desaparecen entre la multitud.

El tipo la insultó.

Luego intentó zafarse.

Al final terminó esposado esperando a los Mossos.

Parte del trabajo.

Lo curioso es que muchas veces el delincuente tiene más protección jurídica que quien intenta impedir el delito.

Esa es la paradoja de la seguridad privada en España.

Un sector que mueve miles de millones, que protege infraestructuras críticas, aeropuertos, hospitales, metros, centrales eléctricas… pero cuyos profesionales siguen teniendo una protección legal ridícula.

Mercè no habla mucho de política.

Tiene demasiadas cosas en la cabeza para eso.

Pero hay algo que sí le gustaría ver algún día.

Que a los vigilantes se les reconozca como lo que realmente son cuando están trabajando: una extensión real de la seguridad pública.

Agentes de la autoridad.

No para tener privilegios.

Para tener protección.

Porque cuando te enfrentas a un delincuente en un andén a las dos de la madrugada, lo último que debería preocuparte es si luego te van a denunciar a ti.

Mercè no tiene tiempo para discursos.

Tiene turnos.

Tiene madrugones.

Tiene una hija.

A veces llega a casa y Monse ya está dormida.

La mira unos segundos antes de irse a la ducha.

Es el momento del día que más pesa.

Pero también el que le recuerda por qué hace lo que hace.

El metro seguirá siendo complicado.

Los delincuentes no van a desaparecer.

Y el reconocimiento quizá tarde.

Pero mañana, 8 de marzo, mientras muchos estarán dando discursos cómodos desde un atril, Mercè probablemente estará en un andén, en un vestíbulo o en un pasillo del suburbano de Barcelona.

Vigilando.

Porque alguien tiene que hacerlo.

Porque hay mujeres que no necesitan pancartas para demostrar su valor.

Les basta con ponerse el uniforme, coger una porra, unas esposas… y bajar cada día al metro sabiendo perfectamente que la jornada puede torcerse en cualquier momento.

Vamos a intentar aprender algo.

El respeto no se proclama.

Se gana.

Y Mercè, como miles de vigilantes en España, se lo gana cada día bajo tierra.

¡Se me tecnologizan!

¡Se me tecnologizan!

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