El respeto no se proclama. Se gana.
Y Mercè, como miles de vigilantes en España, se lo gana cada día bajo tierra.
Hay tragedias que nacen de la mala suerte. Un desprendimiento imprevisible, un fallo súbito, una tormenta que nadie vio venir.
El alcalde confiaba en la suerte. En que nunca pasaría nada. En que “aquí siempre se ha hecho así”. En que exageraban los técnicos.