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Mi infancia y el accidente aéreo

Artículo original de José Antonio Ferreira Dapía, sobre el lanzamiento del primer ordenador personal por IBM, publicado el 12 de agosto de 2023.

Memorias de un Día Nublado: El Día que Quedó Grabado.

Era un día de esos en los que la niebla parece querer abrazar todo a su paso. Estábamos en pleno verano y yo tenía solo nueve años. Vivíamos en Lagarteiras, en esa casita que mis padres tenían y que siempre esperábamos con ansias durante las vacaciones. Nuestro rincón de escape, como un refugio del mundo cotidiano.

Aquella mañana, como siempre, la bicicleta era mi mejor compañera de travesuras. Me gustaba recorrer los alrededores, explorar cada esquina de aquel lugar que se volvía nuestro hogar temporal durante el verano. Pero ese día, el silencio inusual me detuvo. Fue un sonido extraño, algo distinto en el aire, lo que me hizo pedalear en dirección a lo desconocido.

No me llevó mucho tiempo llegar al lugar del estruendo. La niebla se abrazaba a todo, como si quisiera esconder algo. Y allí estaba: un escenario que parecía haber sido arrancado de una película de desastres. Fragmentos de metal retorcido, cables colgando como serpientes desorientadas y un olor a plástico quemado y a carne chamuscada que, a día de hoy, sigue siendo inolvidable.

La vida, esa que vivíamos tan despreocupadamente, era frágil.

No entendía bien lo que había ocurrido, ni por qué. Era solo un niño, incapaz de procesar completamente la magnitud de lo que tenía ante mis ojos. Sin embargo, algo quedó claro en ese instante: la vida, esa que vivíamos tan despreocupadamente, era frágil. Mi mundo de juegos y risas se detuvo por un momento. Y aunque no lo sabía en ese entonces, esa experiencia me mostró un vistazo del lado más oscuro de la realidad.

No puedo decir que aquel día cambió mi vida. No en el sentido que solemos pensar. No dejé de ser quien era, ni tomé decisiones trascendentales. Pero me dejó una lección en silencio. La efimeridad de todo. La manera en que la vida puede cambiar en un instante, sin previo aviso. Ese olor a plástico y carne quemada, el amasijo de cables y metales, y el humo en el aire, todos esos detalles se grabaron en mí de una manera que no puedo describir.

Una señal de que cada día importa, de que cada momento es precioso.

Aunque han pasado años desde aquel día, ese recuerdo sigue conmigo. No como un peso, sino como un recordatorio. Una señal de que cada día importa, de que cada momento es precioso. Aquel incidente no definió mi vida, pero me hizo consciente de la fugacidad de todo. Aunque no pueda detener el tiempo ni prever el futuro, puedo tomar cada día como lo que es: una oportunidad para vivir, sentir y valorar. Y aunque la niebla del pasado puede envolverlo todo, esa lección siempre se abre paso, clara como el cielo después de la tormenta.