Cae la noche en casa de un radioaficionado. Cae la noche en casa de un prepper. Es la hora en que la propagación despierta en las bandas bajas.
La radio no es nostalgia ni un fetiche analógico. La radio es disciplina: escuchar antes de hablar, transmitir solo lo necesario, comunicar con precisión quirúrgica.
Hoy quiero poner en valor algo tan sencillo como tener un receptor autónomo de radio en cada casa. No hablo de caprichos ni de coleccionismo. Hablo de seguridad, de responsabilidad y de resiliencia.
Poder conciliar y ser tu propio jefe. Eso es lo que nos venden como ventaja de ser autónomo en España. La portada del Heraldo de Aragón lo titula con un elegante “Luces y sombras”
Ser radioaficionado no es soplarle al micro. Es hacer comunidad, es dar apoyo en emergencias, es conectar a las personas, es tender puentes invisibles por los que circula la esperanza, la amistad y el saber.
Es inadmisible que un país moderno no cuente con una red paralela de comunicaciones preparada para cuando todo lo demás falle. No es opcional, es estructural. Porque el siguiente apagón llegará.
La celebración del Día Mundial de la Radioafición es una oportunidad para reconocer y agradecer a los radioaficionados por su labor altruista en la promoción de la ciencia y la tecnología y su contribución en situaciones de emergencia.
Si los operadores de radio del Titanic hubieran utilizado el sistema de radiocomunicaciones de manera adecuada, podría haberse salvado al barco y se podrían haber evitado muchas de las pérdidas humanas que se produjeron.
Su amor por la radiafición lo llevó a convertirse en un empresario exitoso en las telecomunicaciones, pero también lo llevó a ser un mentor y un líder en su comunidad.
En el ámbito puramente profesional, todos nos acordamos de personas que, realizando trabajos que suponían un riesgo importante de padecer un accidente, se echaban cada día al tajo sin protección alguna para desarrollar su actividad cotidiana.
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