Estamos viviendo una de las etapas de mayor degradación institucional desde la restauración democrática. sino el silencio atronador.
¿tendemos naturalmente los seres humanos a la corrupción? Y la respuesta que nos brinda la neurociencia no admite el fatalismo: no somos corruptos por naturaleza, pero bajo ciertas condiciones nuestro cerebro puede enseñarnos a serlo.
Unirse no es una opción. Es una ventaja evolutiva. Y sigue siendo nuestro mayor superpoder. No se trata de colectivismo barato ni de utopías comunitarias. Se trata de estrategia.
Mientras aquí seguimos debatiendo sobre los tapones de plástico, los colores de los contenedores o el futuro incierto de la movilidad eléctrica europea, China acaba de botar el mayor portacoches del mundo.
Chery, la marca china ya monta coches en la antigua planta de Nissan en Barcelona. Pero eso es solo el tráiler.
Donald Trump, este señor que parece sacado de una mala imitación de Shakespeare escrita por un guionista de reality, suelta tranquilamente que más de 70 líderes mundiales le llaman “para besarle el culo”.
Un verdadero empresario no se define solo por lo que factura, sino por el impacto que deja en su entorno.
Trump se ha descolgado con una de las mayores políticas proteccionistas desde la Gran Depresión.
No necesitamos kits de emergencia; necesitamos líderes con sentido común, políticas serias y, sobre todo, respeto a la inteligencia de sus ciudadanos.
Europa está enferma. Enferma de buenismo, de superioridad moral hueca, de “buenrrollismo” institucional, de esa fantasía absurda del “Estado del Bienestar eterno” sin esfuerzo ni sacrificio.









